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Después no se queje: vote con conciencia o pagará el precio cinco años

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12.04.2026

Este domingo no acudiremos únicamente a las urnas para cumplir con un deber cívico. Iremos, en realidad, a decidir qué clase de país queremos tener y qué tipo de personas consideramos aptas para conducirlo. Por eso preocupa que, una vez más, una decisión de semejante trascendencia corra el riesgo de reducirse a un gesto mecánico, a un impulso emocional o a una reacción nacida del cansancio. Votar no debería ser un acto reflejo. Debería ser un acto de conciencia. En un país golpeado por la decepción, la precariedad institucional y la mediocridad  política, la tentación del descarte resulta comprensible. Mucha gente vota resignada, con la sensación de que da lo mismo un nombre que otro, una lista que otra, una promesa que otra. Pero justamente allí reside una de las raíces de nuestro problema: durante demasiado tiempo hemos normalizado elegir sin mirar, respaldar sin evaluar y delegar poder sin exigir mérito. Luego nos indignamos por la improvisación, la frivolidad o la incompetencia de quienes resultan elegidos, como si esas carencias hubieran aparecido recién al día siguiente de la elección. Gobernar un país no admite improvisación, del mismo modo que legislar no consiste en figurar ni representar a la Nación en ocupar un cargo vacío de contenido. Por eso, quienes aspiran a la Presidencia, al Congreso, al Senado o al Parlamento Andino deben ser evaluados con rigor por los ciudadanos. También hay que entender que ningún partido resolverá solo los problemas del Perú. Las reformas exigirán acuerdos, capacidad política, conocimiento técnico y mejores representantes. Allí donde el elector pueda escoger dentro de una lista, no debería limitarse a marcar un símbolo, sino revisar nombres y distinguir entre mérito real y simple conveniencia. Cada ciudadano debería empezar por una pregunta sencilla: ¿qué quiero cambiar en esta elección? A partir de allí, corresponde buscar con responsabilidad quiénes son las personas mejor preparadas para contribuir a ese cambio. En mi caso, observaré con especial atención a quienes acrediten mayor conocimiento en salud, porque pocas áreas reclaman con tanta urgencia decisiones serias, informadas y técnicamente sustentadas. Otros priorizarán seguridad, educación, economía o institucionalidad. El punto es el mismo: votar con coherencia entre lo que se quiere corregir y a quién se decide respaldar. Si como elector tiene la posibilidad de escoger, no la desperdicie. Si puede revisar trayectorias, revísela. Si puede diferenciar entre capacidad e impostura, hágalo. Porque después de votar ya no habrá espacio para la sorpresa fingida ni para el lamento cómodo. Durante cinco años hablarán y decidirán en nombre nuestro quienes hayamos puesto allí. Y si no fuimos capaces de escoger con seriedad, tampoco tendremos derecho a escandalizarnos con ligereza.

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