El trilema de Irán
En un reciente programa televisivo de Agustín Laje y Carlos Ruckauf, dichos analistas argentinos describieron la situación de Irán, luego del ataque de Israel y de los Estados Unidos, como una situación trilemática. Y la definieron así porque las dos potencias enfrentaban un problema de muy difícil solución, consistente en qué tipo de régimen podrían dejar en ese país para alcanzar sus objetivos estratégicos. Así, ambos enumeraron tres posibles alternativas: 1) un régimen dominado por la minoría kurda ubicada en el noroeste del país, a la cual estaban armando como un contrapeso al régimen de los ayatolás; 2) un gobierno liderado por elementos religiosos de la rama sunita del islam, amigable con los atacantes; y 3) lograr que determinados sectores de la clerecía chiita asumieran el mando de Irán con una visión de acercamiento a las dos potencias atacantes. Curiosamente, ninguna de las potencias atacantes estaría pensando en una solución democrática que incluya tanto a elementos religiosos de ambas ramas islámicas, así como a personas representativas de las mujeres y de los hombres oprimidos por la tiranía de los ayatolás. En la visión geopolítica compartida por Trump y Netanyahu solo figuran tres aspectos: la anulación para siempre de cualquier posibilidad de que Irán esté en condiciones de fabricar bombas nucleares, y el establecimiento de una estructura productiva del petróleo y del gas iraní acorde con los objetivos económicos de los Estados Unidos, de Israel y de sus demás clientes tradicionales del resto del mundo. Solo en un tercer puesto, muy rezagado, aparece el bienestar material de la gran nación iraní, que hoy día es la principal víctima tanto de los ayatolás como de los bombardeos. En estos momentos resulta evidente que la posibilidad de un gobierno kurdo sobre Irán es materialmente imposible, no solo por las diferencias étnicas, lingüísticas y hasta religiosas de esa pequeña minoría (10 %), que no es apreciada por el resto de la población. En cuanto a un gobierno sunita sobre Irán, también cabe la misma objeción, al constituir una minoría religiosa (algo más del 10 %) que difiere no solo teológicamente, sino también en ciertas costumbres religiosas y en las dispersas regiones geográficas ocupadas por sus fieles. Esto significa que Trump y Netanyahu tendrían que acercarse a determinados elementos moderados de la clerecía chiita, quizás con el acompañamiento de otras fuerzas democráticas compatibles con la cosmovisión religiosa del pueblo iraní. Al momento de escribir esta columna, el suscrito no considera viable en el corto plazo la tercera solución esbozada. Sin duda, Irán ha sido muy fuertemente golpeado por el implacable bombardeo de sus atacantes, pero aún no se encuentra postrado e indefenso, así haya perdido toda su armada. Falta un requisito indispensable para un cambio de régimen: una invasión militar al territorio de Irán con las fuerzas de los ejércitos de Israel y Estados Unidos. Sin embargo, ni Trump ni Netanyahu están en condiciones materiales y militares de ordenar semejante invasión. He ahí el trilema que pesa sobre ambos líderes.
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