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Perú sigue perdiendo oportunidades

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La semana pasada se celebró en Florida, Estados Unidos, una reunión que podría marcar un punto de inflexión en la arquitectura de seguridad hemisférica latinoamericana, llamada “Escudo de las Américas”. Doce presidentes latinoamericanos acudieron a un encuentro centrado en tres ejes que definen la estabilidad regional: narcotráfico, migración e influencia geopolítica de China. Fue un espacio donde se discutieron estrategias de inteligencia, cooperación militar, control fronterizo y alternativas económicas, frente al avance chino en infraestructura y financiamiento. ¡Y, como era previsible, el Perú no estuvo presente! La ausencia no es un detalle menor. Es el síntoma de un país que ha perdido peso específico en la región. El actual mandatario, octavo en apenas una década de inestabilidad, gobierna con un horizonte político que difícilmente llegaría, incluso, al 28 de julio. Pero la razón de fondo es más profunda: el Perú sigue alineado, por convicción —o inexcusable inercia— con un bloque ideológico que hoy está en retirada en buena parte de América Latina. Mientras países como Argentina, Chile, Bolivia y Ecuador buscan reposicionarse tras ciclos de gobiernos de izquierda que dejaron crisis económicas y fracturas sociales, Perú sigue atrapado en un modelo político que lo aísla de los espacios donde se toman decisiones estratégicas. En Florida, los presidentes asistentes discutieron la creación de una coalición militar contra los cárteles, el intercambio directo de inteligencia, operaciones coordinadas y una política intolerante frente al crimen organizado. También abordaron la presión migratoria hacia Estados Unidos y la necesidad de políticas conjuntas de contención, repatriación y refugio temporal. Y, quizá lo más relevante, debatieron cómo reducir la dependencia de China mediante nuevas rutas de inversión estadounidense. Ese es el tipo de mesa donde una nación con la ubicación, los recursos y el potencial del Perú debería estar sentada. ¡Pero no lo está! Entre tanto, el Perú continúa sumido en una crisis política que sigue erosionando su credibilidad internacional. La administración actual, surgida desde un entorno marcado por la influencia de grupos radicales —y por la impronta de un gobierno golpista que acabó envuelto en escándalos y acusaciones de corrupción—, ha profundizado el distanciamiento con los países que hoy buscan reconstruir una agenda regional basada en seguridad, estabilidad y cooperación estratégica. Como señala la perspicaz periodista Martha Meier, ausencias como esta tienen un costo real: merma de credibilidad, extravío de oportunidades de inversión y pérdida de un asiento en la mesa donde se define el futuro del hemisferio. No es solo un problema diplomático; es un problema de desarrollo. Mientras otros países negocian alianzas, financiamiento, tecnología y seguridad, el Perú se limita a observar periféricamente como perdedor. Nuestro país necesita recuperar una política exterior coherente, profesional y orientada al interés nacional. No podemos seguir renunciando a espacios donde se decide el rumbo de la región. La seguridad hemisférica, la lucha contra el crimen organizado y la competencia geopolítica global no esperarán a que resolvamos nuestro infame laberinto interno. El mundo avanza. La región se reconfigura. Y el Perú, una vez más, corre el riesgo de quedarse atrás, como nación perdedora.

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