La informalidad en el Perú: la barrera invisible que impide el desarrollo
Durante casi dos décadas, el Perú ha convivido con una contradicción que atraviesa su economía como una fractura silenciosa: mientras el país ha logrado avances macroeconómicos notables, la informalidad laboral se mantiene como un fenómeno masivo, persistente y estructural. Los datos del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) muestran que, entre 2007 y 2025, el porcentaje de trabajadores informales dentro de la Población Económicamente Activa (PEA) se redujo de 76.8% a 61.6% (ver Gráfico 1). A primera vista, esta caída podría interpretarse como un triunfo de las políticas públicas o como el reflejo de un país que avanza hacia la modernidad. Pero basta mirar el número absoluto de trabajadores informales para que la ilusión se desvanezca: en 2007 había alrededor de 11.46 millones de informales; en 2025, la cifra sigue bordeando los 11.39 millones (ver Gráfico 2).
La informalidad no es un accidente ni una falla moral. Es la consecuencia directa de un sistema laboral que no dialoga con la estructura productiva del país. Y mientras no se aborde este problema de raíz, el Perú seguirá atrapado en la trampa de los países de ingreso medio: demasiado rico para ser pobre, pero demasiado informal para ser desarrollado.
Una informalidad que resiste el paso del tiempo
Para entender la magnitud del problema, basta observar la evolución de la PEA entre 2007 y 2025. El INEI muestra que, aunque el empleo formal ha crecido de manera sostenida, la informalidad se ha mantenido prácticamente constante en términos absolutos. Esto significa que el crecimiento del empleo formal no ha desplazado al informal, sino que ha acompañado el crecimiento de la fuerza laboral total.
La informalidad se concentra en sectores donde la productividad es baja y la capacidad de pago limitada. En la agricultura de la Sierra y la Selva, predominan unidades familiares de subsistencia, con baja mecanización, escaso acceso a mercados y una estructura productiva que apenas permite generar ingresos suficientes para sobrevivir. En el comercio minorista, miles de microempresas operan con márgenes reducidos, alta rotación y una competencia feroz que hace imposible asumir los costos de la formalidad. En el transporte urbano, la atomización del sector, la informalidad en los permisos y la competencia desleal han creado un ecosistema donde la formalidad es la excepción y no la regla.
En estos sectores, la formalización no es una opción viable porque los costos laborales superan con creces la productividad del trabajador informal promedio. Para una bodega, un pequeño taller, un agricultor familiar o un conductor independiente, asumir los costos de la formalidad —contribuciones a pensiones, aportes a salud, CTS, gratificaciones, vacaciones y un régimen de despido rígido— es simplemente imposible. La informalidad, en cambio,........
