Tantas veces Alfredo
Crecimos leyéndolo, “Un mundo para Julius” fue el libro que acompañó mi adolescencia, su “Guía triste de París”, mis primeros años en Lima, una ciudad a la que aún no aprendía a abrazar en su nostalgia. Tuve la fortuna de conocerlo cuando presentó “La fiesta del chivo”, de Mario Vargas Llosa, en la Universidad de Lima, el 2000. Aquella noche todos esperábamos las palabras de quien durante años no se había pronunciado contra el gobierno de Alberto Fujimori. Cuando le dieron el micrófono, luego de un ensordecedor silencio, Bryce miró al público y dijo: “A mí me repugnan las dictaduras”, y todos los aplaudimos, nos pusimos de pie, y continuamos aplaudiéndolo. No dijo más, no necesitó decir más. La última vez que lo ví fue en septiembre pasado cuando asistió a la entrega del Premio Poeta de América que la Fundación Iberoamericana para las Artes le otorgó a Luis García Montero, su amigo, en el marco del XII Festival Internacional Primavera Poética, en la UTEC. Luis Garcia Montero, director del Instituto Cervantes, en su discurso, se refirió a Bryce como el gran narrador que fortaleció nuestra educación sentimental. No sé equivocó. Hace unos días, el narrador Leonardo Padura recordó su primera visita a Cuba, cuando llegó como profesor de redacción de guiones en la escuela de cine de La Habana: “Alfredo nos miró a todos, nos miró a todos, y nos dijo ‘nunca he escrito un guión, vine por una mujer, -todos reímos- pero me han dicho que en la filmoteca hay buenas películas, qué les parece si durante estos días nos ponemos a ver películas y de allí vamos analizando los guiones, seguro y algo aprendemos’, fue espectacular, fue espectacular”, y sonrió con nostalgia. “Vamos a extrañar a Alfredo. Después coincidimos en varias ferias y festivales de libros, siempre fue muy divertido, entrañable”. Finalizó. Con Alfredo se cierra un ciclo, el de los grandes narradores peruanos, por eso esta sensación de orfandad, de vacío, de tristeza. Alfredo Bryce Echenique ha retornado a la energía y quienes crecimos leyéndolo, sabemos que se apaga mucho de nuestra adolescencia y juventud, pero sabemos también que se queda en nosotros porque continuaremos leyéndolo, continuará acompañándonos como ese dolor con el que nos acostumbramos a vivir cuando tenemos claro que no lo olvidaremos. Alfredo fue el más humano de nuestros escritores, en eso reposa su grandeza. Descansa en paz, Julius, el hombre que hablaba de Octavia de Cádiz.
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