La cola del grifo
El taxista apaga el motor y abre la puerta para que entre algo de aire y luchar contra el calor limeño. Lleva casi cuarenta minutos en la fila del grifo. Delante suyo hay combis, motos, una camioneta de reparto y dos taxis más. Nadie conversa. Solo miran el tablero de combustible como si pudiera cambiar por arte de magia. El encargado de la estación camina de un lado a otro repitiendo lo mismo: “Solo queda un poco más”. En Lima, escenas como esa se repiten cada cierto tiempo. Y siempre recuerdan lo mismo: la economía no empieza en los ministerios ni en las cifras del Banco Central. Empieza en la realidad. La calle. Cuando el precio internacional del petróleo sube o un ducto nos recuerda lo frágil de nuestra seguridad energética, lo que ocurre en realidad es que una cadena invisible empieza a moverse. El combustible no solo llena autos. También mueve camiones que llevan alimentos, maquinaria que trabaja en las obras y motores que sostienen fábricas. Por eso, cuando el petróleo se encarece, el efecto se filtra por toda la economía como una gotera lenta. El propio Banco Central ha advertido que un aumento reciente del precio internacional del crudo podría añadir alrededor de 0.2 puntos porcentuales a la inflación. No parece mucho cuando se dice así. Pero en la práctica significa que transportar, producir y vender se vuelve un poco más caro para todos. Y esta vez el golpe llegó con una coincidencia incómoda. El alza internacional del petróleo ocurrió justo cuando el país enfrentaba interrupciones en el suministro de gas. De pronto, miles de conductores y empresas buscaron combustibles alternativos al mismo tiempo. El resultado fue previsible: más presión sobre los precios, más filas en los grifos, mal humor y una crisis en el gobierno. En términos económicos vivimos un “choque de oferta”. En la vida cotidiana se ve como una cola que no avanza y malestar. Lo curioso es que, a pesar de todo, la economía no llega a este episodio debilitada. Al contrario. Los indicadores muestran que el país venía creciendo con cierta fuerza al inicio del año y con una inflación relativamente controlada. El Banco Central incluso estima que la economía habría crecido alrededor de 3.5 % en enero, una señal de que la actividad seguía recuperándose. Eso no significa que el problema sea menor. Significa algo distinto: que los choques externos —una guerra, el petróleo, el gas— pueden sacudir incluso a economías que están funcionando razonablemente bien en la superficie. En otras palabras, no todo lo que afecta el bolsillo del ciudadano nace en casa. Muchas veces llega desde muy lejos. Y nosotros, los peruanos, tenemos una economía monetaria robusta, pero una economía real que reacciona a cada crisis y de prevención poco hace, a pesar de vivir en un país con contingencias (por ejemplo, sísmicas) evidentes. Lo que hemos vivido va más allá del precio del petróleo y de una fila en el grifo. Lo realmente grave es que hemos aprendido a convivir con estos episodios como si fueran inevitables. Mientras la fila avanza lentamente, el taxista finalmente enciende el motor. El indicador de combustible deja de parpadear en rojo. El tanque vuelve a llenarse y maneja en la ciudad en busca de los ingresos que le urge llevar a casa. Esa escena, tan cotidiana, encierra una lección silenciosa: la economía siempre parece estable… hasta que el tanque vuelve a vaciarse.
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