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La historia

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Desde muy niño me aficioné a la Historia, principalmente a la del Perú, gracias a que mi abuelo, el Capitán de Navío Carlos Llosa Paredes-antiguo comandante de uno de los legendarios submarinos ‘R’- me inculcó su lectura, así como la admiración por la figura del Gran Almirante del Perú, don Miguel Grau Seminario. ​A ello debo añadir el peso de los genes de su bisabuelo, el sabio don Mariano Eduardo de Rivero y Ustariz, autor de uno de los primeros tratados de historia de la República, cuyo texto fue publicado por primera vez en 1841 con el título “Antigüedades peruanas”, obra precursora del conocimiento del pasado precolombino de nuestra Patria. Desde mi infancia, la Historia ha sido una fuente de aprendizaje constante, que ha favorecido mi capacidad de análisis, de apreciación y de reflexión sobre nuestro país y sobre la institución a la que pertenezco —ahora de manera espiritual e indesligable—, la Marina de Guerra del Perú; contribuyendo a mejorar mi desempeño profesional, lo que me ha permitido comprender mejor muchos aspectos institucionales que están asociados a la filosofía de la guerra en el mar, la que da lugar al empleo del poder naval, muy por encima de consideraciones estrictamente tácticas o técnicas. El Contralmirante (ARA) Roberto L. Pertusio, autor de “Estrategia operacional” (IPN, Buenos Aires, 2005), cuya lectura y análisis es recurrente en las escuelas de guerra de la región, sostiene que: “La historia de las campañas pasadas no prevé respuestas, pero ayuda a evitar riesgos y errores en el futuro [...]. Los comandantes operacionales deben ser estudiosos de la historia, pero no historiadores”.​ De ahí que la historia militar esté incluida en los programas de estudio de las cuatro Escuelas Superiores de Guerra de las FFAA, por su incidencia en el proceso de toma de decisiones de orden militar, que en muchos casos se dan en situaciones extremas y de altísimo riesgo. La Historia no se limita a la recolección y registro de datos basados en nombres y fechas de personajes o episodios que, si bien son importantes para ubicarnos en un espacio de tiempo, por sí solos no explican el «yo y su circunstancia» —parafraseando a José Ortega y Gasset— de los protagonistas, de las sociedades y de las distintas épocas. El historiador británico Edward Hallett Carr (1892-1982), en una de las más importantes obras del siglo XX sobre la disciplina que nos ocupa — ¿Qué es la historia? (Planeta, 2010, Barcelona)—, puntualiza conceptos muy ilustrativos como este: ‘la función de la historia es la de estimular una más profunda comprensión tanto del pasado como del presente, por su comparación recíproca’. ​En efecto, siguiendo a Carr, no se deben juzgar los acontecimientos del pasado y a los actores de los mismos sin quitarnos las gafas de nuestro tiempo, porque nuestra realidad, enfocada en vivencias actuales, los desdibujaría y haría inexactos los análisis y las hipótesis derivadas. De ahí que el reto del historiador sea muy grande y difícil de afrontar, puesto que debe dejar de lado sus propios sesgos e incluso las pasiones que desencadenan algunos episodios controversiales e impactantes en la vida nacional para hacer bien su trabajo. Por ello Carr señala que la función del historiador «no es ni amar el pasado ni emanciparse de él, sino dominarlo y comprenderlo, como clave para la comprensión del presente [...] No se puede hacer historia si el historiador no llega a establecer algún contacto con la mente de aquellos sobre los que escribe». ​Es indispensable que en los diferentes niveles de educación se vuelva a enseñar Historia Universal y del Perú como un cursos completo, y no como comparte de otro como es ahora. Bien estructurados los programas respectivos, se podrá contrarrestar eficazmente las “narrativas disociadoras” promovidas y financiadas por la izquierda cosmopolita en los 26 años que llevamos de esta nefasta República Caviar. El historiador Manuel Burga, en su obra “Para qué aprender historia en el Perú”, señala que: «aprender nuestra historia, tomar conciencia de las realidades ocurridas, terminar con la memoria del bien perdido y con la ucronía nos permitirá descubrir, detrás de la utopía imposible, el proyecto nacional que subyace y espera su realización» (Lima, 2025). Valorar nuestra cultura y protegerla cabalmente, implica conocer bien nuestro pasado para entender, dejando de lado los lamentos infantiles, los procesos históricos, extrayendo las lecciones útiles para el futuro y conmemorando a las figuras y hechos que hasta algunas décadas atrás, llenaban de orgullo a generaciones enteras. Esto se nos viene siendo arrebatado, no lo permitamos más, y parafraseando a Basadre: que el Perú ya no siga siendo un problema, sino que de una vez por todas demos lugar sin vacilar, a la posibilidad. Les tocará a las jóvenes generaciones concretarlo. Contribuyamos a ello los que, por mandato irrefutable del tiempo, ya estamos del otro lado de la montaña.

Por Juan Carlos Llosa Pazos

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