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Por qué Sin filtros destruirá a la derecha. Por Álvaro Vergara

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02.04.2026

Estos tiempos de crisis demandan el ideal del viejo político: se necesitan personas de cabeza gacha, centradas en su trabajo y en sacar al país adelante. Plegarse a las tendencias del siglo, entre ellas, la idea de que uno es el centro del universo nos ha llevado, en parte, a la situación actual. La derecha con convicción y republicana estuvo antes que Sin Filtros y debe continuar.

A lo largo de su historia, la derecha chilena se ha caracterizado por cultivar un arquetipo político: una figura discreta, cercana a la gente y trabajadora. El modelo se inspira en una especie de funcionario casi ascético, que posterga su desarrollo en el mundo privado para servir en el público.

Las altas esferas del Partido Republicano, y antes de RN y la UDI, intentaron encarnar dicho ideal en distintos periodos. Se entendía que la República, delineada en sus inicios por Diego Portales, Mariano Egaña, Andrés Bello y José Joaquín Prieto, requería un gobierno impersonal y modelos de virtud que sirvieran de ejemplo, y que ellos eran sus continuadores.

Pero los partidos han cambiado bastante, sobre todo los últimos años. Ya es un cliché afirmar que las dinámicas virulentas de las redes sociales se han entrelazado con una política performática. El último ciclo se ha visto marcado por la irrupción de figuras que, deliberadamente, se apartan del ideal del bajo perfil. Estos sujetos parecen más interesados en difundir discursos incendiarios que en desarrollar proyectos útiles.

Trabajar en silencio se percibe por ellos como una práctica obsoleta, ajena a la manoseada “batalla cultural” y, en cierto modo, como una condena a la irrelevancia. La premisa sería la siguiente: quien no crea polémica pierde conocimiento. Por eso, prefieren dar rienda suelta a sus conductas estrafalarias: en su visión de la política, su ego siempre se antepone al bien común. Las frases pomposas, las recriminaciones públicas a sus aliados y las pachotadas contra el adversario consolidan la tónica.

Ejemplos de lo anterior aparecen todos los días. Se vio recientemente con una diputada que se disfrazó de carabinero en un acto solemne (quizá en el más solemne de los actos republicanos). Su show desvió la atención del Presidente electo hacia su persona, cuando lo adecuado habría sido pasar desapercibida.

Una práctica similar se observó en un discurso del diputado Francisco Orrego, difundido en redes sociales, en el que criticaba al expresidente Boric por no haber rendido su examen de grado. Dicho orador, casi salido de la escuela de Cicerón (permítame el sarcasmo), fue nada menos que el último candidato a gobernador de la derecha en la Región Metropolitana. De este modo, pasó de la trifulca a uno de los puestos más importantes del Estado.

Este tipo de actitudes podrían tener valor en un espacio que las premie. Sin Filtros es el espacio idóneo, y eso explica que muchos de estos nuevos políticos hayan sido sus panelistas. El famoso streaming, a estas alturas, es una cantera y se alimenta de miles de visualizaciones de una audiencia que consume confrontación en su tiempo libre. Después de un día de rutina, a muchos les divierte ver unas “piñas” entre Valeria Cárcamo y Claudio Crespo. Por supuesto, no hay nada malo en hacerlo. El problema ocurre cuando panelistas de farándula política pasan a ocupar las instituciones estatales y no cambian el registro.

En ese sentido, cuidar las formas en espacios solemnes no implica traicionar a su electorado. Representa algo muy superior: una obligación nacional. Desde el momento en que asumen sus funciones, le deben cuentas a la República y no a la búsqueda de popularidad que los llevó hasta allí.

El Gobierno, encabezado por un Presidente que encarna el ideal del trabajador público virtuoso, necesita llevar a cabo su programa y, para conseguirlo, debe evitar que sus aliados se enfoquen en actuaciones improductivas. No hay que olvidar que la política se está jugando en ciclos cortos y que los climas de opinión son volátiles.

Por lo tanto, respaldar (incluso con silencio) este tipo de conductas performáticas, bajo la idea de que encarnan una derecha “con principios”, es hipotecar el futuro. Si este tipo de políticos se toma los espacios y llega a liderar la derecha, se estará preparando el terreno para una contrareacción que será afrontada por sujetos cuya única tecla es la polémica.

La derecha con coraje se refleja en quienes están dispuestos a resistir lo malo sin hacer alarde de ello. No se puede hacer política desde el Estado como si se estuviera en campaña permanente.

Estos tiempos de crisis demandan el ideal del viejo político: se necesitan personas de cabeza gacha, centradas en su trabajo y en sacar al país adelante. Plegarse a las tendencias del siglo, entre ellas, la idea de que uno es el centro del universo nos ha llevado, en parte, a la situación actual. La derecha con convicción y republicana estuvo antes que Sin Filtros y debe continuar.

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