Iglesias y la IA
28 de marzo 2026 - 03:10
En casa, una de nuestras últimas grandes decepciones llegó cuando descubrimos que un vídeo en el que se observaba corretear a una rata por las calles del centro de Zaragoza y se escuchaba a un niño gritar “¡Mira, mami, un capibara!” mientras la mami se descuajeringaba era un montaje. El vídeo existía, el audio también, pero por separado, en una escisión inexorable y penosa como de izquierda española. Desde entonces me acerco a los bebés comestibles y perros achuchables de las redes con una precaución enfermiza, tan temeroso de que la inteligencia artificial me parta el corazón con sus trampantojos.
Yo sé que esto de la IA hace que nosotros, los periodistas, ya no solo tengamos que enfrentarnos a la mala fe de los mentirosos, sino también a la negligencia del software, pero algún día habrá que hablar de este terrorismo emocional que practica y que nos muestra a un niño mono e irresistible allí donde en realidad solo se esconde un sistema informático hijo de puta. Claro que el ser humano nada sería sin sus contradicciones y, a veces, en lugar de implorar que no esté detrás la inteligencia artificial se reza por que sí asome la cabeza.
Ocurre esto con Pablo Iglesias y el vídeo promocional de su entrevista al presidente de Cuba. Al son de Silvio Rodríguez, de una trova que más que a hambre de revolusión y justicia social suena a hambre cetrina de perro vagabundo, aparece Iglesias en la plaza de la República de La Habana, en un plano de Titanic ante la estatua de José Martí, contemplando un horizonte de edificios moteados con los rostros del Che y Marx como si estuviese viendo el mar tragándose el sol en Tarifa. Debió aparecer por allí tras hacer el check in en un hotel con grandes acomodos, pues, como Alberti tuvo en la guerra su palacio de Heredia Spínola, uno se acostumbra pronto a la gracia de las salidas de la autovía hacia Galapagar.
Apareció Iglesias, digo, en un momento, el día, con esa luz caribeña, en el que Cuba, apagón tras apagón, debe agradecer no ser Helsinki. Se erigió en cara visible de una flotilla que ha dejado en los mares mientras él surcaba los aires en un avión transatlántico de cuatro filas, antifaz y babilla de sueño profundo para dar las gracias a Díaz-Canel. Fue a hacer periodismo, pero acabó adoptando pose de líder que frustró la invasión de Bahía de Cochinos, y mientras tanto, uno, desde casa, cae en la cuenta de que al fin y al cabo siempre habrá realidades más hijas de puta que los sistemas informáticos.
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