Entrenamiento militar
11 de abril 2026 - 03:07
En el gimnasio de mi mujer no admiten hombres, y a mí me parece bien no porque así se domen mis posibles suspicacias sino porque entiendo que el culto al cuerpo de la mujer difiere de la brutalidad testosterónica del varón y, por tanto, requiere de otras estrategias. Por algo, en la dimensión más zote de la cultura de la tonificación, no existen las gymsis y sí los gymbros.
Dos. Solo dos veces al año se invita al hombre al gimnasio de mi mujer, en una fiesta que llaman “Los chicos son bienvenidos” y a la que uno va a amoratarse el perineo con el sillín de la bici estática y a partirse las rótulas con sentadillas infinitas. Ese día es un jolgorio y se reparten gafas de colores y collares hawaianos, y así vestidos, como en una especie de trance de poolparty con promesas de chupito gratis, le pegamos al saco mientras imagino a Sonny Liston pegando puñetazos a su ataúd. Allí estamos maridos, novios, hijos, hermanos, primos, amigos y amantes, por eso de que los ritmos circadianos llevan hoy a los enamorados clandestinos a la mancuerna más que al picaporte de la habitación de un hostal en Colmenar Viejo. Conformamos todos un ejército como de reclutamiento forzoso e inexorable y las monitoras nos reciben con augurios de sudores de Forrest Gump. Tratan de colarnos que el objetivo de la iniciativa es que el deporte sirva también como celebración del amor, pero yo creo que esos dos días son tan solo el resultado de otros 363 de confabulación para reírse de nosotros, y en realidad está bien que así sea, pues si en el amor reírse con uno genera complicidad, reírse del otro cimienta franquezas.
Bici, boxeo y barre conforman un entrenamiento de una hora en un triunvirato de bes que son un escaparate de agujetas. A través de un micro de diadema la monitora rompe el límite de decibelios y deja clara nuestra inferioridad. Nos grita que levantemos el culo, joder, estirad esa pierna, capullos, y donde antes de la clase había una amable Sofía ahora se ve a un despiadado Tom Highway. Todo termina con ejercicios de estiramientos. La sargento de hierro ordena que agarremos la barra y hagamos un plié. Parece que tengo la polio. Miro a Olimpia. Ríe incontroladamente. Está bien que así sea, está bien que así sea siempre.
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