Los chicos del 'procés'
Aprovechando estos días de entreacto, gracias a la contingencia de tener a la costilla lejos de casa en familiar viaje, he podido volver a salir de noche para visitar los templos donde dicté cátedra y me emborrachaba con científica tenacidad. Ahora llevo cinco años de beata vida marital y, como ya sabréis de sobra, de noche las mujeres te exigen cosas absurdas, como un rato de conversación sobre el transcurso del día que está a punto de terminar, o te proponen ver juntos una serie de HBO para aprovechar que la narrativa audiovisual genera el espejismo de compartir espacios de imaginación. Yo me avengo dócilmente, pues las noches de juerga alcohólica ya las gasté de sobra; también porque lo único que me regala cierta tranquilidad es ver cómo Alba va durmiéndose y bostezando como una leona perezosa, hasta que anuncia el último cigarrillo y enfila el camino de la cama. Mientras se adormila, pienso que he cumplido el deber y ya puedo encenderme un puro.
Así hacía antes también de noche, fumando solo como un búho o acompañado de mi estimado padre putativo Àngel Juez en la veladora del Ascensor, mi bar de la calle de Bellafila. Ahora Àngel no está, ya no tengo ánimo de agotar el placer saludando la madrugada, y solo puedo abrazar las drogas legalizadas con las que la psiquiatría nos embauca el espíritu. Pero esta pasada noche de sábado, de nuevo en el Ascensor y mientras pegaba la espalda a los muros góticos de la calle, noté que las piedras recordaban el trazo de mi columna vertebral. Había pescado a un grupo de........
