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Reír la gracia

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03.04.2026

La violencia machista deja de ser un privilegio en el momento en que es nombrada como tal. La impunidad en las violencias machistas es una construcción social que se sostiene sobre el anonimato, sobre la normalización, sobre el silencio de quienes saben y miran hacia otro lado, de quienes relativizan, de quienes ríen la gracia, de quienes piensan en sus propios intereses y alianzas antes que en la integridad y el dolor de las mujeres que son víctimas de esas violencias. La impunidad también se sostiene sobre la negación del daño, sobre la idea de que no pasa nada, por eso empieza a resquebrajarse cuando los nombres dejan de protegerse y se dicen en voz alta rompiendo la certeza de intocable. Que un agresor sepa que su nombre puede acabar en una denuncia, en un expediente, en una investigación interna, rompe la certeza de intocable.

Esta misma semana, el Tribunal Supremo ha ratificado la condena a un sargento del Ejército de Tierra que llevaba años humillando a una soldado con comentarios de contenido sexual delante de sus compañeros. El sargento gozaba, según recoge la sentencia, de cierta simpatía entre la tropa. Era de los que se dejaban llamar “calvo” o “gordo” y a cambio repartía motes al resto, un compañero era el “hobbit” por su baja estatura y otro el “capataz” por su parecido con un personaje de Toy Story. Para el sargento condenado, todo formaba parte de un ambiente distendido, de camaradería, de familiaridad… A ese supuesto ambiente de camaradería masculina llega una mujer, y lo que para el grupo es rutina, para ella se convierte en exposición, en señalamiento, en degradación. 


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