¿Tienes 50? Los olvidados del debate generacional
Pensemos, aunque sea para variar, en un ciudadano de 50 años. Es posible que esté cuidando, al mismo tiempo, de sus hijos y de sus padres, ya consciente de los sueños y planes que nunca se cumplirán, con los primeros achaques de salud (si tiene suerte de estar sano), y con más de un lustro por delante para la jubilación, suficiente para temer pertenecer a la primera generación que no percibirá la pensión. Si ha pasado por un divorcio, quizá tenga que volver a compartir piso, y si se ha quedado en paro, se mentaliza para asumir la posibilidad de no reincorporarse al mercado laboral o de hacerlo en condiciones precarias: más del 35% de los mayores de 50 años tiene un contrato temporal, un porcentaje más alto que los candidatos más jóvenes. Es posible que esté preparando una oposición, a su edad, porque la presencia de los de 50 en las academias de opositores se ha cuatriplicado desde 2019, pasando del 5% al 18% en 2025, y aprobar una oposición ya no es solo una expectativa de futuro, sino un salvavidas ante la precariedad laboral y la incertidumbre de un sector privado en el que hay tanta obsesión por la juventud como por la IA.
Todos estos problemas lo sufrirá el ciudadano o la ciudadana de 50 en silencio, porque de esta generación no se habla en ninguna tertulia y ningún politólogo le dedica un libro. ¿Qué digo un libro? Ni un mísero capítulo: todo el protagonismo se lo llevan los boomers de la vida cañón y los jóvenes que se están volviendo fachas y rechazan el feminismo. Y uno o una, con 50, ni jubilado ni facha, es el olvidado de todas las políticas públicas: ni ayuda para la vivienda ni cheque cultural ni viajes gratis en transporte público.
