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Ricardo, nuestro faro de luz y alegría

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27.03.2026

En tiempos donde la prisa suele opacar lo esencial, la vida de mi padre Ricardo Vélez Pareja (q.e.p.d.) se erige como un testimonio sereno y profundo de lo que significa vivir con propósito. Hombre de sensibilidad extraordinaria, nobleza genuina y una alegría intensa que no dependía de las circunstancias, supo encontrar en lo cotidiano una razón para celebrar la existencia.

Ricardo fue, ante todo, un ser humano apasionado. Amó profundamente a su familia, mi madre Gina, sus dos hijos, seis nietos y un bisnieto, a sus hermanos y sobrinos, a la música en atardeceres bohemios, y la literatura profunda, espacios donde encontró refugio, inspiración y también una forma de trascender. Su espíritu inquieto lo llevó a una constante búsqueda de crecimiento, tanto espiritual como intelectual, en una lucha interna silenciosa, pero firme por comprender mejor el mundo y su lugar en él.

Ejerció el Derecho no solo como una profesión, sino como una vocación guiada por principios humanistas. En cada desafío asumido dejó ver su carácter íntegro, su compromiso con la justicia y su deseo genuino de aportar a una sociedad más consciente. Desde allí, también transmitió enseñanzas que hoy permanecen vivas: el valor de la sencillez, la importancia de la humildad y el deber de comprometerse con la ciudad y el país que se habita.

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Su legado literario, 9 obras publicadas, constituye quizá la expresión más clara de su libertad interior. En sus palabras se revela un proceso de transformación y crecimiento constante, de una mirada esperanzadora y una voluntad decidida de encontrar luz incluso en los momentos más complejos de sus problemas cardíacos. Fue un testimonio del milagro de la medicina y de Dios, con cuatro operaciones a corazón abierto y una de cerebro que se llevaron a cabo durante varias décadas de su bendecida vida. Es en esas obras y en su testimonio de resiliencia constante, donde su voz seguirá dialogando con quienes lo lean, más allá del tiempo.

A nosotros sus hijos y sus nietos nos deja mucho más que recuerdos: una formación integral humanística, una visión constructiva de la vida y el ejemplo de alguien que supo enfrentar sus luchas con fe, dignidad y amor. Su vida no solo se recuerda, se continúa. En mis memorias seguirán intactas las conversaciones sobre filosofía, sobre la esencia de la vida, la historia, la geopolítica, y el amor. Recorrimos juntos varios países, en especial el continente europeo, donde nos cultivó el amor por los museos, y nos enseñó el arte de observar los detalles de las diversas culturas desde distintas perspectivas.

Hoy, su ausencia duele, pero su presencia permanece en cada enseñanza, en cada gesto aprendido, en cada palabra que aún resuena. Papá Ricardo no se ha ido del todo: vive en el legado de su luz, de su transformación y de la fe y la esperanza que sembró en quienes tuvieron el privilegio de conocerlo.


© El Universal