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No pago para que me peguen

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Esta semana, Claudia Sheinbaum explicó cómo distribuye su gobierno la publicidad oficial. Primero aseguró que los recursos se asignan de acuerdo con las audiencias y que no entrega dinero a periodistas para que hablen bien de su gobierno. Luego vino la confesión: “Hay algunos a los que no les damos: TV Azteca no recibe, Reforma tampoco, EL UNIVERSAL tampoco. Abiertamente lo digo”. Minutos antes había atribuido las críticas de medios y comentaristas a que ya no reciben “chayote”. La contradicción cabe completa en una mañanera, pues afirma que el dinero público no compra líneas editoriales, pero presume que excluye a tres medios críticos y sugiere que quienes cuestionan al poder lo hacen porque dejaron de cobrar. No fue un desliz, sino una declaración de principios. Para Sheinbaum, la publicidad oficial sigue siendo un premio a la obediencia y su retiro, un castigo a la crítica.

Esa doctrina tiene historia. La frase que mejor la resume, “No pago para que me peguen”, no fue de Luis Echeverría, aunque le habría quedado a la medida, sino de José López Portillo, quien la pronunció en 1982 para justificar el retiro de publicidad oficial a Proceso. Echeverría había aportado el método unos años antes, cuando promovió el boicot contra Excélsior y orquestó el golpe que expulsó a Julio Scherer del periódico en 1976. Uno convirtió el dinero público en premio y castigo; el otro utilizó al Estado para doblegar a un medio. Sheinbaum recuperó ambas tradiciones del viejo régimen priista en una sola conferencia.

No todos los medios tienen derecho a recibir contratos gubernamentales, pero la publicidad oficial tampoco pertenece a la Presidenta ni puede repartirse según la docilidad de........

© El Universal