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El derecho a morir

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10.04.2026

Normalmente evitamos pensar en la muerte, y aunque es el final inevitable de la vida, buscamos postergarla hasta donde sea posible. La muerte de niños y jóvenes es una tragedia que hiere en lo más profundo de las comunidades; y la de los adultos, algo que perturba y genera dolor en familiares y amigos. Quizás la única muerte relativamente bien recibida es la de quienes han vivido una larga vida y han completado un proyecto vital -lo que eso quiera decir-, y aun así deja un vacío que duele. La muerte es tal castigo que hay países que la reservan como la pena máxima; por lo mismo, cuesta pensar en ella como un derecho.

El suicidio duele tanto, porque cambia el curso del destino. Cuando alguien muere por propia mano, sus penas y dolores pasan a segundo plano, y queda solo el desconcierto de los deudos. El suicidio parecería revelar un fracaso, en tanto no se cumple la tarea más básica: mantenernos vivos. Por eso se detiene al hombre que se asoma solitario en un puente, se lleva con urgencia al hospital a quien ha ingerido una dosis letal para que le laven el estómago, y se persuade de no cometer el acto........

© El Universal