menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Guerra civil en Morena

12 12
19.02.2026

Cuando las comadres se pelean, salen las verdades. —Refrán popular

Lejos de representar un agregado de militantes que comparten su visión de país y un proyecto político, Morena es un amasijo de trayectorias, dogmas, visiones e intereses muchas veces encontrados. En su obsesión por alcanzar el poder a cualquier costo, López Obrador sumó a personajes señalados por sus presuntos vínculos con el crimen organizado, como el senador Adán Augusto López Hernández y los gobernadores Rubén Rocha, de Sinaloa; Américo Villarreal, de Tamaulipas, y Alfonso Durazo, de Sonora. Pero también agregó a Layda Sansores, hija de “El Negro”, Carlos Sansores Pérez —cacique de Campeche—, uno de los ejemplares que mejor representa la corrupción del viejo régimen; a Félix Salgado Macedonio, denunciado como acosador sexual; a Gerardo Fernández Noroña, el señor de los escándalos y, desde luego, a trepadores como Mario Delgado o los integrantes de la familia Monreal, sin faltar los “duros”, guardianes del Evangelio como Héctor Díaz Polanco, Paco Ignacio Taibo II, Rafael Barajas, El Fisgón, y Marx Arriaga.

En Morena, el factor que permitió que a pesar de sus orígenes diversos (tribus, sectas, partidos y narcos) se mantuvieran unidos, fue la presencia del caudillo, Andrés Manuel López Obrador; algo así ocurrió muchos años atrás con el Frente Democrático Nacional (FDN): una mixtura de grupúsculos amalgamados por el liderazgo anticlimático de Cuauhtémoc Cárdenas

Las disputas y los jaloneos entre morenistas empezaron con patadas bajo la mesa, pero ahora se exhiben públicamente como ocurrió con el encontronazo de los coordinadores parlamentarios en el Senado y en la Cámara de Diputados por el (mal) uso de enormes recursos públicos o el golpeteo de Layda Sansores, gobernadora de Campeche, contra Ricardo Monreal; los evidentes desencuentros entre Morena y sus aliados en torno a la iniciativa de reforma político-electoral, o con las denuncias de Marx Arriaga contra Mario Delgado o de Julio Scherer contra Jesús Ramírez Cuevas.

Otro frente de guerra es el que presentan los gobernadores que recién llegaron y que sustituyen a otros gobernadores también morenistas. En Tabasco, la tierra de Andrés Manuel, el gobernador Javier May denuncia a su antecesor, Adán Augusto, que nombró como secretario de Seguridad Pública a Hernán Bermúdez, cabeza del grupo criminal “La Barredora” y que heredó, dice, la pudrición.

Cuando apenas había iniciado su gobierno, el gobernador de Chiapas, Eduardo Ramírez, reprobó a Rutilio Escandón, quien lo antecedió en el puesto y no obstante su desastroso desempeño, fue nombrado cónsul de México en Miami. Algo similar ocurre en Morelos, donde la gobernadora Margarita González Saravia denuncia la corrupción de su antecesor, Cuauhtémoc Blanco.

Y falta advertir lo que viene. La disputa por las candidaturas (como ocurre con Saúl Monreal en Zacatecas) llevará a fracturas y revelaciones que mostrarán la verdadera catadura de la clase gobernante. Y todo esto ante un notable vacío de autoridad. El único que puede poner orden reside en Palenque.


© El Universal