Los pobres sí toman malteada
Días después de que mi padre sufriera una quiebra de la que nunca se recuperó, fuimos a Unicentro a sacar del banco el dinero que quedaba en la cuenta. Rumbo al centro comercial, mi hermana preguntó si después podíamos ir por una malteada, a lo que papá contestó: “Los pobres no toman malteada”.
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Cruel, pero razón no le faltaba. En ese momento, todo lo que tuviera ver con postres refrigerados costaba una fortuna. Había una marca de helados con un sabor que me volvía loco: vainilla con veteado de chocolate. Me gustaba tanto que me acababa el litro en una sentada como si fuese una obligación; igual que esas personas que matan a diez y luego en el juicio dicen que una voz se los ordenó hacerlo.
Con mi mesada de estudiante solo podía darme el lujo de comprarlo una vez al mes, porque el resto del dinero se me iba en buses, fotocopias y comida en la universidad. Para suplir la necesidad de azúcar, compraba entonces tortas, galletas y dulces varios en cafeterías. Y no sé qué ha pasado con la........
