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Orgullosos de vivir en la mierda

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03.09.2026

Opinión Orgullosos de vivir en la mierda

Hace tantos años que parece la vida de otro, yo me dedicaba a seguir los conciertos de Burning por pequeños pueblos de España que costaba encontrar en el mapa de carreteras. Llegábamos horas antes con nuestros atavíos rockeros: chupas negras, cintos de tachuelas, botas de piel de serpiente bajo el sol de la meseta, y nos acodábamos en el bar del pueblo despertando la curiosidad del paisanaje.

—¿Habéis venido hasta nuestro pueblo para ver a ese grupo?—Sí.—¡Jefe, ponles un cubata a estos que vienen desde Galicia!

A veces la hospitalidad se desmadraba, las bebidas se amontonaban y la cosa acababa regular para nosotros. Mi hermano, hoy más ornitólogo aficionado que ave nocturna, sigue dejándose caer por lugares igual de remotos, aunque ahora lo haga para buscar un elanio azul. Y la conversación vuelve a repetirse.

—¿Pero a qué vienes aquí? Si aquí no hay nada.

En esto pensaba mientras leía a Emmanuel Carrère. En Una novela rusa (Anagrama, 2008), Carrère viaja a Kotelnich para rodar un documental. Kotelnich es, a juicio tanto del escritor como de sus propios habitantes, “un pueblo de mierda”: desolado, inhóspito, un lugar donde “no se puede vivir, pero se vive” y en el que no parece haber nada digno de ser contado, salvo esa misma desolación. El equipo recoge poco más que conversaciones de borrachos que Carrère apenas entiende, contentándose con asentir y decir “da” y, durante horas, se aposta en las vías para filmar el paso de trenes que nunca se detienen. En una ocasión, una mujer le pregunta con enfado por qué quiere filmarlos. ¿Qué hace allí? ¿pretende reírse de ellos? ¿por qué quiere mostrar al mundo sus vidas de mierda? Corrían los años 2000 a 2002, los mismos en los que yo recorría carreteras secundarias para escuchar, por enésima vez, “Qué hace una chica como tú en un sitio como este”.

Veinte años después, tras la invasión de Ucrania, Carrère narra en Koljós (Anagrama, 2026) su regreso a Rusia donde percibe un cambio profundo. Y aquella vida precaria que en la novela anterior aparecía teñida de vergüenza y humillación ya no se presenta del mismo modo. La miseria material sigue ahí, pero ha dejado de ser motivo de bochorno para convertirse, en cierto modo, en un signo de identidad. El nacionalismo de Putin no ha mejorado las condiciones de vida de esos lugares, pero sí ha ofrecido un relato capaz de convertir la penuria en orgullo. Años antes, Europa y su bienestar eran un ideal aspiracional, un horizonte, pero Carrère cree que han dejado de querer ser como nosotros. La jerarquía moral se ha invertido y lo que era motivo de oprobio se reivindica. Porque ellos son duros, resistentes, acostumbrados a sobrevivir donde nosotros, los blandos, los débiles, los decadentes, no podríamos. Viven en la mierda, sí, pero no todo el mundo sería capaz de vivir en la mierda.

Estoy seguro de que la intuición de Carrère se refleja en otros lugares del mundo y ayuda a entender cómo se construyen determinadas formas de resentimiento político: cómo aquello que antaño se consideraba un estigma puede resignificarse, darse la vuelta y convertirse en fuente........

© El Salto