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Dicotomías socioterritoriales de Bolivia

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22.03.2026

Bolivia constituye uno de las realidades socioterritoriales más complejos de América Latina. Su geografía - dividida entre un occidente andino con altiplano y valles y un oriente amazónico y chaqueño - no es simplemente una diferencia física: es la matriz sobre la cual se han sedimentado desigualdades históricas, tensiones políticas y fracturas identitarias que el Estado plurinacional, fundado constitucionalmente en 2009, aún no ha logrado suturar con eficacia. Dicha dicotomía, lejos de ser un relato geográfico inocente, encarna lo que el sociólogo Fernando Mayorga (2020) describió como los "clivajes clásicos" de la sociedad boliviana: clase social y cuestión racial, tensiones regionales, dicotomía entre campo y ciudad, y visiones contrapuestas sobre el papel del Estado.

En efecto, la brecha entre tierras altas y tierras bajas no es meramente simbólica: se traduce en indicadores sociales concretos y persistentes. El Instituto de Investigaciones Socioeconómicas de la Universidad Católica Boliviana (IISEC, 2016) constató que la discordancia socioeconómica persiste con marcadas diferencias por área geográfica, condición étnica y estrato social, revelando que los Departamentos de Potosí (59,7%) y Chuquisaca (54,5%) presentan los índices más elevados de Necesidades Básicas Insatisfechas, mientras que Santa Cruz (35,5%) y Tarija (34,6%) registran los más bajos. Esta asimetría estructural no emerge del azar: es producto de siglos de extracción colonial concentrada en el occidente minero y de la posterior expansión agroindustrial en el oriente, que reconfiguró las geografías del poder sin eliminar la desigualdad.

No obstante, reducir esta tensión a una simple oposición oriente - occidente implica simplificar una realidad mucho más fragmentada. La Universidad Andina Simón Bolívar (2022) advirtió que Bolivia, vista únicamente como dos grandes regiones - tierras altas y tierras bajas -, oculta en realidad cinco regiones claramente diferenciadas: el altiplano, los valles, el chaco, el oriente y la Amazonía, cada una con dinámicas propias de producción, identidad y demanda política. Esta diversidad geográfica, lejos de consolidarse en un modelo de autonomías funcional, se ha traducido con frecuencia en disputas irresueltas entre proyectos de desarrollo antagónicos: el extractivismo estatal y el modelo agroindustrial exportador, por un lado, y las territorialidades indígenas comunitarias, por el otro.

Precisamente en las tierras bajas se concentran los conflictos socioterritoriales más agudos de la Bolivia contemporánea. Investigadores del Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (CEJIS, 2024) documentaron que los pueblos indígenas de la Chiquitanía y la Amazonía se enfrentan a presiones crecientes por la expansión minera dentro de territorios protegidos y Tierras Comunitarias de Origen, conflictos que en 2023 forzaron movilizaciones masivas y acciones judiciales para revertir licencias ambientales otorgadas ilegítimamente. Según datos del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA, 2023), del total de hectáreas pendientes de titulación, el 61% se encuentra en disputa activa.

La tierra, en Bolivia, continúa siendo el núcleo de la conflictividad sociopolítica.

A esta tensión territorial se superpone la dimensión política de la polarización regional. Mayorga (2024) señaló que la dicotomía masismo - antimasismo ha operado como una lente que magnifica las diferencias regionales hasta convertirlas en identidades irreconciliables, reproduciendo un ecosistema de confrontación que, paradójicamente, oculta el hecho de que el 83% de los bolivianos antepone su identidad nacional a la regional o étnica al momento de jerarquizar sus pertenencias (La Razón, 2023). En otras palabras, la polarización socioterritorial boliviana es, en parte sustancial, una construcción discursiva alimentada por élites regionales y por la lógica del campo político, antes que una expresión directa de las preferencias populares.

En conclusión, las dicotomías socioterritoriales de Bolivia no son un destino irremediable inscrito en la geografía, sino el resultado acumulado de decisiones políticas, modelos de desarrollo excluyentes y mecanismos de representación insuficientes. Superarlas exigirá lo que la propia Constitución Plurinacional prometió y todavía adeuda: una redistribución efectiva no solo de recursos, sino de poder territorial. Mientras el Estado continúe gestionando la diversidad como un problema a administrar, antes que, como una riqueza a potenciar, el espejo seguirá roto y Bolivia seguirá mirándose en sus fragmentos.


© El Potosí