Cuando presumir de ignorancia parece una virtud
Hay una diferencia decisiva entre reconocer que uno no sabe algo y exhibir esa falta de conocimiento como un mérito. La primera actitud es honesta, incluso inteligente: nadie puede saber de todo y admitir los propios límites es el punto de partida para aprender. La segunda se ha extendido con inquietante naturalidad: la ignorancia ya no se disimula, sino que se proclama con orgullo, como si no leer, no informarse o despreciar el conocimiento fuese una prueba de independencia personal.
No es una impresión menor ni un asunto reservado a las conversaciones de sobremesa. Tiene consecuencias culturales, sociales y políticas. Una ciudadanía que renuncia a comprender cómo funcionan las instituciones, qué dicen los datos o de dónde proceden los relatos que consume es una ciudadanía más vulnerable a la manipulación. Y quienes desean manipularla lo saben perfectamente.
El saber como sospecha
Durante décadas, determinados sectores sociales han asociado la cultura con la distancia, la pedantería o el privilegio. No les faltan razones para desconfiar cuando el conocimiento se usa como una barrera de clase, cuando una jerga innecesaria sirve para humillar o cuando algunos titulados confunden formación académica con superioridad humana.
Pero de esa crítica legítima se ha extraído una conclusión tramposa: que aprender es una forma de elitismo y que despreciar el saber constituye una rebelión popular.
No lo es. Elitista no es quien........
