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Cuando la clase trabajadora vota a los ricos

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05.09.2026

No es que la clase trabajadora sea ignorante, ingenua o incapaz de reconocer sus propios intereses. Es que lleva décadas sometida a una maquinaria cultural, mediática y económica diseñada para que confunda sus problemas con los de quienes los provocan.

Cada vez que la ultraderecha entra en un gobierno, se repite el ritual de la sorpresa. Se buscan explicaciones rápidas: el miedo, la inmigración, la inseguridad, las redes sociales, la corrupción de la izquierda, el hartazgo. Todo eso influye. Pero no basta. La pregunta decisiva es otra: ¿cómo ha conseguido una parte de quienes viven de su salario depositar su confianza política en quienes viven de sus rentas, de su patrimonio y de la precarización ajena?

La respuesta no cabe en un tuit, pero Antonio Gramsci dejó hace casi un siglo una pista fundamental: la hegemonía cultural. El poder no se sostiene únicamente mediante las leyes, los tribunales, la policía o el dinero. Se sostiene cuando logra que su visión del mundo parezca la única sensata, natural y posible.

Y eso es exactamente lo que ha ocurrido.

La gran victoria de los poderosos

La derecha económica ha logrado instalar una idea extraordinariamente eficaz: que los intereses de los ricos son los intereses de todos. Si bajan impuestos a las grandes fortunas, nos dicen, habrá inversión. Si se reducen los derechos laborales, habrá empleo. Si se privatiza la sanidad, habrá eficiencia. Si se recorta la escuela pública, habrá libertad de elección. Si se facilita el despido, habrá dinamismo. Si se persigue a los sindicatos, habrá modernidad.

Es una estafa intelectual. Pero funciona porque se repite desde hace décadas en televisiones, tertulias, columnas, empresas, fundaciones, colegios privados, púlpitos digitales y redes sociales.

El trabajador que llega agotado a casa después de una jornada de diez horas no dispone de un gabinete de asesores, de un departamento de comunicación, ni de una cadena de medios que le explique por qué su........

© El Plural