Seamos un festival sempiterno
Existe un instante preciso, una fractura en la cronología ordinaria de Valledupar, donde el aire deja de ser simple oxígeno y hace metamorfosis en un fluido espeso de nostalgia y víspera. Es el advenimiento del Festival, ese rito que convoca acordeones y que oficia como una conversión colectiva. La ciudad, habitualmente sumida en la inercia de sus tardes de sol de plomo, se despereza con una elegancia felina, sacudiéndose el polvo del olvido para revestirse de una dignidad que parece brotar de las raíces mismas de sus cañaguates. En ese umbral, el espíritu del ciudadano experimenta una transfiguración. El saludo se vuelve una partitura de afectos, y la mirada, antes esquiva, se torna en un espejo donde se reconoce el orgullo de una estirpe que se sabe depositaria de una leyenda universal.
Esta vibración íntima, que se propaga como el eco de un bajo de caja por las avenidas, posee la extraña virtud de sanar las negligencias del tiempo. Resulta casi milagroso observar cómo la arquitectura de la ciudad, bajo el influjo........
