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Mejor

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01.08.2026

Opinión | Una Ibicenca fuera de Ibiza

Imagen de un gimnasio. / Shutterstock

En el gimnasio van encadenando anuncios, retos y promociones. Suenan de fondo como el ruido blanco de un secador y a lo más que nos hemos apuntado —mis vigorosas amigas y yo— es a alguna master class multitudinaria o a ir vestidas de algo parecido a un zombi en Halloween.

Quizá porque todas mis amigas se han marchado —huyendo, como cada verano, del calor de la ciudad hacia otros calores—, porque ya no las tengo alrededor protestando que qué dura la clase de pump o qué intensa la de fitness... Presté atención al ruido blanco de un reto de veintiuna clases en un mes. Y me apunté. Y hasta lo he cumplido. Porque no todos los héroes llevan capa pero muchos coincidimos en lo de las mallas apretadas. Mañana me entregarán sin mucha parafernalia y envuelta en celofán una camiseta como trofeo, que premia, por encima de todo, no cambiar por ningún otro este calor.

Sin embargo, entre las paredes del gimnasio sigo enfrentándome a un reto particular, más íntimo: hacer los ejercicios mejor. En pilates especialmente, donde sucede una cosa curiosa con respecto a las otras clases. Allí los avances se cuantifican en aumentar el peso o la velocidad. Aquí en cambio, los movimientos son deliberadamente lentos. Cuanto más despacio, más trabajan los músculos implicados y más controlas la postura y la respiración.

Y aunque desde mi rincón de clase puedo ver mi reflejo a apenas un metro de la imagen de la profesora y ella es una bailarina, caramba, y yo un jarrón... aquí sigo. Respirando. Consciente de que mi reto nunca fue con ella, sino conmigo. Donde «mejor», más que........

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