Hipocresía a pedales
Joan Cañete Bayle
Periodista
Periodista
Periodista y escritor. Director de Estrategia de la Oficina de Proyectos Editoriales de Prensa Ibérica. Entre otros trabajos, ha sido corresponsal de El Periódico en Jerusalén y Washington DC. Autor de las novelas 'Expediente Bagdad' (a cuatro manos con Eugenio García Gascón) y 'Parte de la Felicidad que Traes', y del ensayo sobre el conflicto palestino-israelí 'Muros, bosques, tumbas: Un periodista en Jerusalén'
Leonard Beard. / 5
La edición de este año de la Vuelta, la gran fiesta del ciclismo en España, se está viendo marcada por las protestas de colectivos propalestinos contra el Israel–Premier Tech por la destrucción de Gaza y la muerte de miles de personas, víctimas de disparos, bombardeos y hambre. Los manifestantes han interrumpido etapas, bloqueado carreteras e incluso obligado a neutralizar finales, con el objetivo de boicotear la presencia del equipo ciclista israelí, punta de lanza del uso del deporte como herramienta de legitimación internacional en un contexto marcado por la guerra en Gaza.
Israel–Premier Tech no es un equipo convencional. Fundado en 2014 como Israel Cycling Academy, nació con el objetivo declarado de servir como embajador deportivo del país, con orgullo oficial y apoyo institucional. Su gran padrino es Sylvan Adams, magnate israelí-canadiense que se define como “embajador no oficial” del país. Adams ha invertido millones en ciclismo, conciertos y grandes eventos. Fue él quien financió la salida del Giro 2018 desde Jerusalén. Fue él quien llevó a Madonna a Eurovisión en Tel Aviv. Y es él quien aboga por que Israel aparezca en el pelotón como un país moderno y abierto. Es diplomacia a pedales: el equipo funciona no solo como estructura deportiva, sino también como instrumento de diplomacia pública.
Ese fenómeno tiene un nombre: 'sportwashing', el uso del deporte para lavar la imagen de un régimen. El catálogo histórico es amplio. Italia-34 sirvió a Mussolini para mostrar al fascismo como disciplina y orden. Berlín-36, con Hitler saludando a Jesse Owens, fue la cúspide: el escaparate perfecto de un régimen genocida en construcción. Argentina-78, con Videla en el palco, transformó un Mundial en coartada de la “guerra sucia”. Moscú-80 enseñó la potencia soviética mientras invadía Afganistán. Pekín-2008 maquilló represión con fuegos artificiales. Sochi-2014 puso alfombra roja antes de Crimea. Rusia-2018 vendió hospitalidad mientras encarcelaba opositores. Qatar-2022 ocultó con fútbol la explotación laboral hasta la muerte de trabajadores migrantes. En ciclismo, Emiratos y Bahréin sostienen equipos WorldTour que, como Israel–Premier Tech, funcionan como embajadas rodantes. Arabia Saudí, con la LIV Golf, los fichajes millonarios de su liga de fútbol y la futura organización del Mundial, ha llevado el concepto a un nivel extremo. Israel no inventó el 'sportwashing' ni está solo en el club, pero lo ejecuta con entusiasmo.
Tras la invasión de Ucrania en 2022, Rusia fue excluida de las grandes competiciones deportivas internacionales. FIFA y UEFA apartaron a sus selecciones y clubes, y el COI recomendó vetar a atletas rusos, salvo bajo bandera neutral y con restricciones. El mensaje fue inequívoco: un Estado que viola el derecho internacional no puede exhibirse como si nada en el terreno deportivo.
En el caso de Israel, el tratamiento ha sido distinto, siguiendo un patrón de doble rasero, impunidad e inmunidad de la diplomacia internacional. A pesar de la ofensiva militar en Gaza, el país mantiene presencia en el deporte internacional sin apenas limitaciones. Actualmente, Israel–Premier Tech compite en la Vuelta y la selección de baloncesto participa en el Eurobasket. Las federaciones y organismos deportivos apelan a la neutralidad, señalando que no pueden excluir a un equipo que cumple formalmente con los reglamentos.
Es cierto que las protestas deslucen la competición. También lo es que los cortes de carretera y las manifestaciones representan un problema de seguridad, ya que ponen en peligro a ciclistas, espectadores y manifestantes. Pero el fondo del debate no es el efecto de las protestas sobre la competición deportiva, sino si un Estado que comete lo que muchos califican como genocidio y sus representantes deben ser tratados con normalidad en la comunidad internacional en nombre de la neutralidad del deporte. Cuando, además, esa pretendida neutralidad genera clamorosos casos de doble rasero, hipocresía a pedales.
Los manifestantes de la Vuelta lanzan una pregunta, un reto en realidad, a los dirigentes europeos: ¿es aceptable que Israel siga siendo tratado como un Estado normal?
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