Más guerras
La operación de EE UU e Israel en el polvorín de Oriente Medio
Habría que preguntarle a Steven Pinker, autor del libro "Los ángeles que llevamos dentro", el porqué de la oleada de violencia mortífera que vive el mundo y cuál es su significado. El uso de las armas se está haciendo habitual para unas veces resolver, y otras crear, diferencias y conflictos. Tenemos presente la guerra de Ucrania, que ya dura. Israel aplastó Gaza a base de tirar bombas. Estados Unidos apresó a Maduro con una intervención quirúrgica, que dejó muertos. La mafia del narcotráfico incendió México sin reparar en vidas humanas. Pakistán y Afganistán han decidido continuar sus disputas fronterizas por la vía militar. Y no sabemos si la operación concertada de los gobiernos de Estados Unidos e Israel hará estallar el polvorín del Oriente Medio, en estado permanente de ignición, en cuyo caso es imposible prever las consecuencias.
Netanyahu parece feliz. Afirma que la ofensiva sobre Irán, largamente planeada, tiene carácter preventivo. Declara que el régimen de los ayatolás iraníes es una amenaza existencial para Israel y que su objetivo no es otro que la supervivencia, por lo que agradece a Estados Unidos su ayuda. Trump, por su parte, dice que la implicación del ejército estadounidense, sin consultar al Congreso, obedece a razones de seguridad nacional y confía en que la dictadura teocrática liderada en la cúspide por Ali Jamenei sea por fin derrocada. Reza Pahlevi, hijo del depuesto presidente en 1979 por la revolución jomeinista, ha calificado el bombardeo de "intervención humanitaria". El gobierno iraní habla de "agresión descarada" y ha lanzado una contraofensiva, entrado así en una guerra abierta.
Es un hecho que la tensión con Irán, provocada por el desarrollo de armas nucleares y la actitud hacia Israel de la casta chiíta que controla el país de forma opresiva, ha ido en aumento y que los intentos habidos de llegar a un acuerdo de coexistencia han sido frustrados por unos y otros. Y que Irán había recibido repetidas advertencias por su empeño en disponer de armas nucleares. Ambas cosas deberían ser evaluadas a la luz de la política y el derecho internacional. Pero los motivos de esta iniciativa bélica no están claros. Se ofrecen diversas explicaciones, que además pueden ser complementarias. La industria militar de Irán representa un peligro cierto. Netanyahu y Trump no disimulan su intención de promover un cambio político en el país y reordenar la geopolítica de la zona. También hay quien ve detrás de su decisión las dificultades que atraviesan los dos en la política interna de sus respectivos países.
El caso es que el presidente de Estados Unidos sigue haciendo méritos para poder bromear un día con el Nobel de la Paz en las manos y la cuestión palestina, tarde o temprano, volverá a estar sobre la mesa. Esta es otra guerra, pero no solo una más. Su onda expansiva puede llegar hasta muy lejos. Interpela a los actores de la política internacional, en primer lugar a sus instituciones, y en particular a los grandes estados que han asumido la responsabilidad de la gobernanza mundial. Rusia está ocupada en su guerra particular. China se limita a observar, pero en algún momento tendrá que levantar la voz ante el renacido afán acaparador que Trump está imprimiendo en la política exterior de Estados Unidos. Y qué decir de la Unión Europea. En un escenario donde han tomado la delantera fuerzas que actúan fuera de control, traspasando todos los límites, debe asumir un papel muy comprometido, ejercer un protagonismo en la política mundial defendiendo sus principios, y no está en las mejores condiciones para hacerlo. Desconcertada y dividida, la impotencia manifiesta de que da muestras la Unión es uno de los peores síntomas de los tiempos actuales. La reacción que se atisba es todavía demasiado débil. Ya no el proceso de integración, sino la propia unidad de la Unión está en riesgo por el avance de las corrientes populistas.
En las guerras de última generación se comprueba el potencial de las innovaciones tecnológicas aplicadas al ataque militar. Las armas han alcanzado un grado de sofisticación inverosímil. Son precisas al máximo y tienen un poder de destrucción incomparable. Lo único bueno que tienen es que permiten reducir el número de personas muertas. Cada nueva guerra es una catástrofe de gran magnitud. Y la pésima noticia es que proliferan los gobernantes que se vanaglorian de exhibir los trofeos de sus hazañas bélicas. Nuestra deuda con quienes nos informan de lo que pasa en medio de las ruinas es infinita. Es un estímulo para la conciencia. El cambio de dirección que se está efectuando en la política mundial devuelve al presente viejas preguntas. ¿Aprendemos de la historia y somos capaces de corregimos o estamos condenados a repetirla? n
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