Los hinchas y yo
Jueves tipo 6 y 20 de la tarde. Miro mi computadora y siento el silencio del entorno. Por un momento dudo, pero luego me doy cuenta de que el partido Bolivia – Surinam debió comenzar hace algunos minutos.
Escribo una media hora más, guardo la computadora, salgo de mi oficina, veo varios escritorios vacíos y veo también a quienes se quedaron, concentrados frente a la computadora, y me pregunto ¿están viendo el partido con audífonos?, ¿son indolentes frente al fútbol igual que yo? o, más bien, ¿están tratando de demostrar su templanza, y lealtad al “trabajo”?
¿Y que habrán pensado lo que se “escaparon”? ¿Lo habrán tomado como un acto de “rebeldía”? ¿Habrán protestado en sus adentros ante la ausencia de alguna señal de tolerancia laboral, frente al acontecimiento? ¿Tendrán miedo de que al día siguiente haya algún tipo de sanción o reprimenda? Voy saliendo por la puerta y el portero me grita: “¿Yendo a ver el segundo tiempo?”, yo un poco incomodo, debido que evidentemente estoy saliendo un poco antes que, de costumbre, le respondo: “no estoy viendo el partido”.
Llego a mi casa. Devi, mi esposa, está renegando porque no puede encontrar el canal donde están jugando las dos selecciones (al parecer justo ese canal no sale bien en el sistema de cable). Me lanza una mirada acusadora (probablemente lamentando el mínimo desarrollo psicomotriz del individuo que le toco en suerte). La consuelo diciendo que, dado el silencio alrededor, probablemente no está pasando nada en el partido. Y justo en ese momento empiezan a escucharse ovaciones atronadoras. Buscamos rápidamente en el Internet y resulta que Bolivia había estado perdiendo 1 a 0 y acababa de empatar. Devi, más ansiosa, sigue hurgando botones y cables. Yo hago el ademán de ayudar acercándome un poco (ambos sabemos que se trata de un gesto meramente simbólico). Sugiero en voz baja que quizás podríamos ver un programa de espectáculos argentino o las últimas noticias de la guerra de Irán, y que luego igual veríamos las repeticiones de los goles, pero la mirada asesina de mi esposa corta esas ideas en seco.
Vuelven a escucharse gritos atronadores. Bolivia acaba de hacer el segundo gol. Devi, finalmente, prende la radio. No puedo evitar la ansiedad; empiezan los largos minutos de espera hasta la finalización del partido. Estoy a punto de subir a mi habitación y ponerme a ver la serie de Netflix que tengo a medias, pero la posibilidad de que el clima conyugal se deteriore algo más me detiene.
Al día siguiente reflexiono. ¿A que se debe mi alejamiento de esa “pasión” que de cuando en cuando seduce al grueso de los bolivianos? ¿Será por mi baja tolerancia a la frustración? ¿Cómo es posible que la mayor parte de la gente aguante voluntariamente esos minutos de ansiedad hasta el final del partido, más aún cuando sabemos que en la mayor parte de las ocasiones el resultado será negativo?
Cuando era niño y estaba en segundo básico, un profesor de educación física dividió a los alumnos entre los del Stronguest y los del Bolívar. A mí me toco el primer grupo, pero la adscripción jamás alcanzó a que me diera el trabajo de ir a un estadio. Eso no significa que no sienta alegría y disfrute cuando Bolivia gana (en el proceso del 93 fui a todos los partidos que jugamos como local y festeje como el más fanático en la calle).
Soy consciente de la significación del famoso dialogo de El secreto de sus ojos, en el que un personaje le dice al otro: “el tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios… pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín… no puede cambiar de pasión (refiriéndose a la pasión por el fútbol)”. Y he visto el ejemplo de intelectuales de peso, como Eduardo Galeano, que escribió varios textos tratando de sublimar dicho deporte, haciendo énfasis en su “magia” y su significación como parte del “patrimonio popular” (por suerte nunca he sido muy devoto de Galeano, a despecho de muchos de mis amigos de la vieja época).
Una de las cosas que detesto del fútbol es su afán “totalizante”. De ahí la interrogante sobre cuánta de la gente que sale a gritar su amor en redes, hace un ejercicio honesto, o tan solo cede a la necesidad de “pertenecer”, de ser uno más, de no estar excluido, aunque sea subjetivamente.
Otra de las características que más me molesta del fútbol boliviano es el enorme espacio que abre para la demagogia y el figuretismo. Los días previos a los partidos se convierten en torneos de declaraciones edulcoradas y melodramáticas acerca del amor al terruño, a Bolivia, etc., etc. Pero más allá de esos momentos específicos, el ejercicio mismo de la institucionalidad de dicho deporte parece estar plagada de politiqueros queriendo hacerse populares, empresarios buscando notoriedad, empresarios queriendo hacer negocios con jugadores, todo ello sazonado con intensas declaraciones de amor al “club” y a la “camiseta”.
La precariedad del fútbol boliviano es uno de esos temas que todos conocemos, por el que protestamos ocasionalmente, pero de los que nadie habla en profundidad y mucho menos actúa. El fútbol fracasa no por la calidad de los jugadores, sino porque su estructura es desprolija, su visión cortoplacista y porque, según diversos, variados y persistentes indicios, esta teñido de corrupción. Tuvo que ser una acción de la justicia norteamericana, hace unos años, la que develo los mecanismos mafiosos con los que en general se maneja el fútbol en el planeta.
En el 93 llegamos al mundial gracias a la academia Tahuichi. Gracias a ella también vinieron los millonarios premios en dólares a la Federación de Fútbol, pero luego de ese triunfo no hubo más “tahuichis” y los dólares se fueron en viajes, viáticos (según un reporte de la época se llegaron a pagar los viáticos más elevados de la historia en esos años). De ahí que, tres décadas más tarde, estemos de nuevo con el rosario en la mano, rogando para llegar a un Mundial.
Alguien podría decirme que los problemas que estoy marcando en el caso del fútbol son inherentes a toda la institucionalidad boliviana. Es verdad, pero en todo caso el razonamiento no invalida la relación conflictiva que tengo con dicho deporte (igual a la que tengo con gran parte de la institucionalidad restante).
De todas maneras, el partido contra Irak será una nueva oportunidad de seguir rumiando sobre el tema. Aunque en este caso, si es que se juega en horario laboral, sí me comprometo a garantizar una tolerancia más clara en mi oficina. Y, en los días anteriores al encuentro, a preocuparme porque se solucionen los problemas de cables y conectividad en mi casa.
