La revolución ninguneada
En Tarija, el 9 de abril pasado, a las siete de la mañana, un pequeño grupo de movimientistas se reúne junto a la estatua de Victor Paz Estenssoro, con varias coronas de color rosado a cuestas. Es probable que en el pequeño acto posterior haya participado el recién reelecto alcalde Jhonny Torres, según entiendo, la única autoridad electa en una ciudad grande perteneciente a dicho partido. Una suerte de “último mohicano” de la histórica agrupación. Sin embargo, en el curso del día no hay más repercusiones, probablemente también, porque el “círculo rojo” regional esta absorto en los asuntos inherentes a la segunda vuelta prevista para el 19.
En las redes las referencias son mínimas. Uno de mis amigos de Facebook dice que Victor Paz erró el 52 y más bien se reivindicó el 85, haciendo referencia al proceso privatizador. Es una de las vertientes que actualmente se “ningunean” lo que históricamente se denomina como “revolución nacional”. Ya en esa década los neoliberales en boga catalogaban a la nacionalización de las minas como una catástrofe mayor. Sin duda, los libertarios de ahora (volvió el péndulo hacia esa dirección y hacia allí se mueven los innumerables acólitos de las modas políticas), han retomado dicha opinión con mayor énfasis.
La otra vertiente que mira con desdén, o prefiere no mirar la revolución de abril, es la del masismo y sus distintas ramas. El motivo es simple y claro; si tu consideras que tu líder es uno de aquellos que solo nace cada mil años, y el proceso que has protagonizado es único en la historia, obviamente no reconocerás nada anterior, aunque con ello le quites fondo histórico a tu proyecto.
En general los cuestionamientos al proceso revolucionario del pasado siglo, no resisten cualquier análisis en profundidad, inclusive aquellos que en determinado momento pretendieron ser profundos y enjundiosos.
Los que condenan la nacionalización de las minas, no pueden explicar por qué, cuando Bolivia estaba dominada por algunos de los mayores productores de estaño en el mundo, no se convirtió en una sociedad moderna capitalista. Puedes admirar a Patiño porque tuvo la enorme habilidad de convertirse en uno de los principales magnates del mundo (y en el proceso recuperar los derechos que las empresas extranjeras, especialmente chilenas tenían sobre algunos de nuestros yacimientos más importantes), pero está claro que eligió llevar sus dineros a Londres o Nueva York, en vez de invertirlos en Bolivia. Igual Hoschild y Aramayo.
La nacionalización de las minas permitió invertir recursos en forma sistemática en la conformación del país, especialmente en la “integración del oriente”, de cual deviene el actual “milagro” económico que se vive en Santa Cruz. Es verdad también, que la gestión estatal de la creada COMIBOL, fue muy inferior en productividad, a la de las empresas estatizadas. Lo que pone en claro que tanto el liberalismo extremo, como el estatismo elemental y secante (con el que el pasado presidente Arce Catacora, por ejemplo, quiso orientar su gestión) no dan respuestas efectivas para enfrentar la realidad.
Si algo demuestra la construcción histórica de las dos potencias dominantes en el mundo, de signo ideológico opuesto, Estados Unidos y China, es que la combinación adecuada entre intervención estratégica estatal, y efectividad capitalista en la producción, es la que genera resultados, más allá de los discursos edulcorados. Y que la política, como diría algún clásico, es economía concentrada, por lo que la primera siempre termina subordinándose a la segunda, por lo que la formulación de la “mano invisible” termina cayéndose en los hechos. Y si existe alguna duda basta con examinar los sesenta años de bloqueo de Estados Unidos a Cuba, o la actual guerra en medio oriente.
En la otra vertiente es ridículo no reconocer que la reforma agraria, con sus luces y sombras, posibilitó a Bolivia la construcción de un tejido social mediante la cual a pesar de su pobreza pudo sortear la violencia extrema, ya sea expresada en insurrecciones campesinas (por algo fracasaron todos los intentos de guerrilla, incluyendo el celebérrimo encabezado por el Che), o en criminalidad violenta (los bolivianos podemos ser bloqueadores, protestones, etc., etc., pero recién ahora, cuando algunos de las estructuras armadas por modelo de Estado emergente de la revolución nacional están diluyéndose, aparecen síntomas de inseguridad ciudadana realmente extrema).
Y es la destrucción de la gran hacienda, y del pongueaje con ella, la que permitió la lenta pero efectiva acumulación de capital de los sectores de comerciantes de habla materna aymara y quechua, la que a su vez da lugar la formación de las nuevas “clases medias emergentes” y finalmente de los sectores empresariales de piel morena, vestidos de corporaciones, que son los que finalmente terminaron constituyendo la quintaescencia del masismo. Sin la revolución del 52, el “proceso de cambio” hubiera sido imposible, guste o no guste a los apologistas del mismo.
Y quizás lo que habría preguntarse, viendo el “ninguneo factico”, que sufre uno de los momentos más importantes de nuestra historia, es si no vale la pena reflexionar sobre las bases estructurales que nos legó, en un momento en que se están terminado de diluir las mismas; una minería que hace tiempo está en manos de la ilegalidad (entre las que se encuentran varias transnacionales disfrazadas de “cooperativas”), una propiedad agraria que al parecer va a volver a reconcentrarse, y una unidad nacional, a largo plazo, amenazada por corrientes identitarias que emergen merced al vació político y la falta de consistencia de los actores políticos establecidos.
