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Los de Cepeda, a votar por la de Uribe

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16.04.2026

El rótulo de esta nota editorial es tan contradictorio como llamativo. Algunos dicen que la política es dinámica, cambiante, conveniente y hasta rastrera. El maestro Aristóteles, a quien enseño en mi cátedra de Historia y Filosofía del Derecho, abordaba la política desde una óptica absolutamente necesaria: la ética. Esta, de la que hoy poco se trata y casi nada se aplica; hasta huele mal cuando se pone sobre la mesa. Es lamentable, pero a ese punto de desvalor hemos llegado.

La deontología, la axiología y los preceptos rectores de la cosa pública parecen ser conceptos anacrónicos y hasta cavernarios, de viejitos que olemos a alquitrán, pertenecientes a las academias que realmente aún son humanistas y orbitan en el sistema de lo meta político y jurídico en busca de la materialización de los fines del Estado.

Parafraseando al padre del pensamiento griego, tenemos que, para este lúcido y fulgurante pensador, en síntesis, la política es la ciencia práctica suprema que busca el bien común y la felicidad (eudaimonia) de los ciudadanos, considerando al hombre un zoon politikon por naturaleza que solo se realiza en la polis. Esta es una postura ética y práctica, porque la política organiza la vida social mediante normas para fomentar la virtud, promoviendo un gobierno mixto (politeia) basado en la clase media para asegurar la estabilidad. Es tan triste y estrangulada la visión aristotélica en nuestros días, que esto para muchos es ‘nuevo’ y en el mejor de los escenarios, es una retórica arcaica de un profesor viejito y aburrido en vía de extinción.

Conversando con un ilustre jurista, colega compañero en el aula de profesores, en la agradable y jamás bien ponderada tertulia previa de las cátedras de las 7 de la mañana, al sabor de un café, nos pusimos a pensar en lo que está pasando realmente con las encuestas, las tendencias, los discursos, las propuestas, la violencia y demás boleros; unos que........

© El País