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Cuando la tierra tembló, el mundo no nos dejó solos

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19.08.2026

Hay momentos en la historia de un país en los que la tragedia, de manera paradójica, abre una grieta por donde entra la luz. El terremoto que sacudió al suroccidente colombiano no puede reducirse a una cifra en la escala de Richter, a una lista de daños materiales ni a un balance frío de víctimas y damnificados. Un desastre natural destruye mucho más que edificios y carreteras: pone a prueba la capacidad institucional, la coordinación del Estado, la solidaridad ciudadana y, sobre todo, la disposición de un país para pedir ayuda y recibirla sin vergüenza ni cálculo.

Cali amaneció partida. No solo la tierra tembló: tembló también la certeza de que la vida cotidiana es un dato adquirido, no un derecho garantizado. Y en esa fractura, como ocurre siempre que lo humano se enfrenta a lo inconmensurable, apareció algo que no estaba en ningún libreto oficial.

Para el nuevo Gobierno, el sismo constituye su primer gran examen. No solo debe responder a la emergencia inmediata con eficacia, transparencia y sensibilidad, sino hacerlo sin permitir que la burocracia, la improvisación o la mezquindad política retrasen el auxilio. En una catástrofe de estas dimensiones, cada hora cuenta y cada decisión puede significar la diferencia entre la esperanza y la pérdida. No hay margen para la solemnidad vacía ni para el comunicado que llega después de que la urgencia ya pasó.

Sin embargo, en medio del dolor surgió un fenómeno poco habitual: una suerte de serendipia diplomática. Colombia, de pronto, volvió a estar en el centro de la atención internacional y reabrió canales con países cuya relación había sido limitada, distante o —en algunos casos— deliberadamente clausurada por gobiernos anteriores. La tragedia, sin proponérselo, recordó que incluso en los momentos más oscuros........

© El País