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El conejo que saca un mago del sombrero

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23.02.2026

Escuché canciones de Bad Bunny sin ser crítica musical, pero coincido con Juan Manuel de Prada: el reguetonero es "un subproducto ínfimo del mercado que envilece la lengua española y la cultura hispánica". Sin embargo, sus letras machistas pasaron inadvertidas incluso para el feminismo selectivo que hoy lo alaba.

En trece minutos, Benito Martínez pasó de artista a líder mundial. Su show en el medio tiempo del Super Bowl, repleto de simbolismos, emocionó a los latinos. A mí me movió el cuerpo y el corazón, pero no la mente. La mira del rifle estaba extraviada. El Super Bowl es el evento más "americano": equipos de Estados Unidos, audiencia comiendo pollo frito. Nada más contradictorio.

Un inmigrante cubano escribió: "Bad Bunny apuntó al enemigo cómodo. Criticar a Estados Unidos vende aplausos, pero criticar dictaduras, narcotráfico y corrupción estructural no. Son esas realidades las que expulsan a millones".

No sabemos si los gringos habrían preferido algo que maridara mejor con su cultura. No imagino una final de rugby en París amenizada por músicos musulmanes cantándole a Macron, ni un Boca-River con una diablada boliviana reivindicativa. Cuando una norteamericana se quejó de que en el evento "más americano" se hablara español, Piers Morgan bromeó: "Los ingleses deberían recuperar Estados Unidos". Le respondieron que primero recuperen Londres.

En España, Podemos perdió su último escaño días después de proponer leyes para que voten todos los inmigrantes. Quizás el reproche de Bad Bunny tuvo efecto contrario. No económico —él, Apple y la NFL se llenaron de guita— sino político.

Muchos compararon a Benito con Kendrick Lamar, que un año antes lanzó un mensaje contra la injusticia racial. Pero Lamar era un hijo increpando al padre por maltratar a sus hermanos de sangre. Bad Bunny es otro hijo que reclama por el desdén a los hermanos adoptivos, sabiendo que las reglas del hogar podrían endurecerse para ellos.

El conejo hizo magia con su sombrero, provocando la misma ilusión óptica de los magos populistas: crean un villano, construyen un relato emocional y se erigen en ídolos. Su puesta en escena era una reivindicación boricua: los apagones no atendidos por Trump, la bandera independentista, el rechazo a la gentrificación. Aunque históricamente la mayoría de puertorriqueños prefiera la estatidad.

Los latinos tenemos alma. Por minutos sentimos que nuestra América conquistaba esa América. El show fue una maravillosa representación caribeña que no conseguirá la independencia de Puerto Rico ni frenará al ICE. Pero nos dejó con un son sabroso en la cabeza. No, no te puedo olvidar.


© El País