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El manifiesto avanza, mientras Bolivia discute otra cosa

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13.09.2026

El 8 de septiembre de 2026, Jacob Coxon, investigador de preentrenamiento que trabajó tanto en OpenAI como en Anthropic, renunció a esta última empresa y publicó un hilo que decía que ambas compañías están “corriendo directamente hacia una superinteligencia auto-mejorante y apostando con nuestras vidas”. Cuatro días después, el 12 de septiembre, Dario Amodei, CEO de Anthropic —la empresa cuyo modelo Mythos ya generó alarma en agencias federales estadounidenses por su capacidad de penetrar sistemas informáticos—, publicó un ensayo titulado “We Must Pace the Frontier” en el que reconoce que la IA avanza “drásticamente más rápido” gracias a su capacidad de mejorarse a sí misma, y advierte que un enjambre de agentes con mayor capacidad que el que ya protagonizó un incidente de ciberseguridad no autorizado podría, en seis a doce meses, “tomar control de todo internet con una botnet persistente” causando cientos de miles de millones de dólares en daños.

Esas frases las escribió el hombre que dirige una de las tres empresas que definen el techo de lo que la inteligencia artificial puede hacer hoy, mientras el gobierno de Bolivia intentaba explicarle a la Asamblea por qué necesita más dinero del FMI, mientras un asesor presidencial cumple prisión preventiva acusado de intentar asesinar a su pareja y de enriquecerse ilícitamente, y mientras esa misma pareja denuncia que la “granja de bots” sigue operando narrativas y órdenes institucionales.

La advertencia de Amodei y el escándalo Beller/Cerimedo son dos caras de una tecnología que se despliega más rápido de lo que cualquier institución, incluidas las que la construyen, puede supervisar, y un país, Bolivia, que discute su propia legitimidad política mientras esa tecnología —y la infraestructura de poder que la sostiene— se instala en su territorio sin que nadie la esté mirando.

Israel, Estados Unidos y la normalización acelerada

En noviembre de 2025, apenas asumió Rodrigo Paz, Bolivia restableció relaciones diplomáticas con Israel, rotas desde 2009 y de nuevo desde 2023 tras la guerra en Gaza. El acuerdo se firmó en Washington, no en La Paz ni en Tel Aviv, un detalle que el propio canciller israelí Gideon Sa’ar subrayó como prueba de que la normalización ocurre “en coordinación estrecha con Estados Unidos”. Israel calificó a 2026 como “un año de oportunidad” en la región. Bolivia eliminó la exigencia de visa para turistas israelíes. Netanyahu invitó a Paz a visitar Israel. En abril de 2026, Bolivia recibió las cartas credenciales del embajador israelí Gali Dagan, y desde entonces no ha dejado de sonar la “ayuda técnica” en las noticias que lo nombran.

Con Estados Unidos el ritmo ha sido aún más veloz. En marzo, Bolivia participó del “Escudo de las Américas” en Miami, la alianza de seguridad regional impulsada por Washington. Ese mismo mes comenzó el retorno de la DEA a territorio boliviano, expulsada en 2008 por Evo Morales, con base en La Paz y “tareas de inteligencia e........

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