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Las tres izquierdas y el fin de la política del siglo XX

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28.01.2026

Por primera vez, la misión histórica de la izquierda no es solo cambiar la sociedad. Es evitar que la humanidad se vuelva irrelevante en la historia que ella misma escribió y está escribiendo.

Durante décadas, la izquierda creyó que su crisis era ideológica. Que había perdido el relato. Que debía modernizar su lenguaje, que debía ajustarse a mejores cuñas. Que necesitaba nuevas causas o nuevos liderazgos. Pero la verdadera crisis no es de discurso, es de época. La izquierda no está en crisis porque ya no sea sexy o diga cosas equivocadas, sino porque sigue discutiendo los conflictos del siglo XX en un mundo que ya se desplazó al siglo XXI.

La reciente columna de Mauro Basaure, “El fin de una izquierda” publicada en El Mostrador, pone el dedo en una herida real, el proyecto de una izquierda única, aquella capaz de integrar bajo una misma bandera la redistribución material y las luchas de reconocimiento cultural, ha colapsado políticamente. La promesa de una síntesis armónica entre justicia social y políticas identitarias terminó produciendo ambivalencia estratégica, confusión programática, descuelgues tácticos y derrotas electorales.

Basaure propone entonces separar el campo en dos proyectos distintos. Por un lado, la izquierda materialista, centrada en redistribución, trabajo, seguridad social y soberanía; y por otro, una izquierda cultural o con tildes progresistas, enfocada en derechos, identidades, diversidad, género y ecología. Ambas legítimas, ambas necesarias, pero políticamente irreductibles a un solo proyecto unificador y coherente.

El diagnóstico es correcto. Pero incompleto. Porque tanto la izquierda materialista como la cultural comparten un supuesto que se desvaneció, que ya no se sostiene como categorías estructurantes, que es que el eje central del conflicto histórico sigue siendo económico o simbólico. Lo que ninguna de esas dos izquierdas ha terminado de asumir es que hoy existe un nuevo lugar donde ambas se reconfiguran y metabolizan dando paso a una estructura superior, un tercer eje de poder, el poder tecnológico.

La tecnología ya no es un sector. No es una herramienta. Es la infraestructura civilizatoria del presente. Hablar de la tecnología como nuevo eje del poder no significa negar los conflictos económicos ni las luchas simbólicas. Significa algo más complejo y profundo, ambos se reordenan dentro de la arquitectura tecnológica que estructura la sociedad de hoy.

La desigualdad económica ya no se produce solo por la distribución de la riqueza, sino por el acceso diferencial al conocimiento, a los datos, a las plataformas, a los sistemas de automatización y a las infraestructuras digitales. El capital del siglo XXI no es solo financiero o industrial, es algorítmico, es entrenamiento, informacional y cognitivo.

Del mismo modo, el conflicto simbólico ya no........

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