La muerte civil de la tercera edad
No basta con administrar la vejez. Hay que reconciliarla con la vida pública. Hay que devolverle un lugar visible, digno, central. Hay que aceptar que la fragilidad no es anomalía, sino condición humana.
Hay dolores que no gritan.
Y porque no gritan, nadie los escucha.
Hay dolores que no solo duelen: enferman de pena.
Enferman cuando la espera se vuelve horizonte.
Cuando la vida ya no es proyecto sino resistencia.
Cuando alguien espera la muerte postrado, solo, incomprendido, pobre y atravesado por una angustia existencial que no tiene nombre técnico ni consuelo administrativo.
La vejez camina entre nosotros como una sombra discreta. No rompe vitrinas, no incendia plazas, no paraliza ciudades. Se desliza por los pasillos del supermercado, se sienta en los bancos de las plazas, espera en silencio en los consultorios. Está frente a nosotros, tan visible como el día, y sin embargo la hemos vuelto invisible.
Un elefante se pasea por nuestras vidas y fingimos que es niebla.
No es solo un sistema de cuidados lo que falta –aunque falte–. No es solo una reforma previsional –aunque sea urgente–. Es algo más hondo, más inquietante: es la pregunta por la sociedad que hemos edificado y la que estamos dejando en herencia.
Hemos construido ciudades veloces donde nadie tiene tiempo; economías exigentes donde solo vale quien tiene éxito económico. Hemos erigido una cultura que mide el valor por la rentabilidad, por el........
