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El silencio que interpela

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08.03.2026

No sé si la democracia vencerá en este siglo. No tengo esa certeza. Pero sí sé que mientras haya ciudadanos que deseen ser tratados como iguales y no como piezas, habrá una razón para sostenerla. Y eso se llama dignidad y la dignidad, incluso cuando parece frágil, tiene una fuerza silenciosa.

No me inquieta la democracia cuando es discutida en seminarios ni cuando se la defiende en discursos solemnes. Me inquieta cuando la veo ausente en la vida de los ciudadanos.

La veo en la mujer que atiende una farmacia en Maipú y que, mientras ordena cajas de paracetamol, me dice que no entiende de constituciones, pero sí entiende de sobrevivencia y del miedo. Me lo dice sin dramatismo, como quien comenta el clima. Tiene dos hijos adolescentes y un marido que trabaja por turnos. No quiere épica. Quiere que sus hijos vuelvan a casa sin sobresaltos y que el sueldo alcance hasta fin de mes.

Su sueño es sacar adelante a su familia. Si le pregunto por ideologías, sonríe con cansancio. Si le pregunto si le importa que su país siga siendo una democracia, guarda silencio unos segundos y responde: “Sí… pero que funcione”.

La democracia, pienso, no es una palabra que se defiende con citas. Es una experiencia que se sostiene o se pierde en conversaciones como esa.

También la veo en un jubilado que conocí este verano, que fue maestro de escuela y que ahora pasa las tardes en una plaza donde cada vez quedan menos bancas. No habla de “institucionalidad”, habla de respeto. Se indigna cuando oye que alguien justifica cualquier cosa “porque así son las cosas ahora”. Me dice que en su juventud hubo tiempos........

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