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El pesimismo como cáncer de la vida pública

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20.06.2026

Chile, más que administradores del desencanto, necesita dirigentes, ciudadanos y comunidades capaces de volver a creer que el futuro no está escrito por el miedo, sino por la voluntad moral de quienes se atreven a imaginarlo.

El pesimismo es a la vida lo que el cáncer al cuerpo: una fuerza silenciosa que comienza ocupando un rincón del alma y termina devorando la esperanza, la voluntad y la energía creadora. No mata de un solo golpe. Avanza por infiltración. Primero se disfraza de falsa prudencia (no de aquella prudencia que es virtud, discernimiento y sabiduría práctica, sino de esa prudencia cobarde que aconseja no moverse para no incomodar a nadie), luego de realismo, más tarde de experiencia y, finalmente, se convierte en una coartada perfecta para intentar nada, arriesgar nada, no creer en nadie y esperar nada.

También las sociedades enferman de pesimismo. Cuando eso ocurre, dejan de soñar. Ya no imaginan grandes obras, ni reformas profundas, ni destinos comunes. Se contentan con administrar la decadencia, con sobrevivir al día siguiente, con reducir la política a un inventario de agravios y sospechas.

El pesimismo social devora los sueños colectivos, destruye las grandes ideas y erosiona esa energía positiva que viene inscrita en el ADN del ser humano: la capacidad de levantarse, construir, amar, asociarse, crear y trascender.

En política, el pesimismo rara vez se presenta con su verdadero rostro. No dice de sí mismo que es renuncia, cansancio moral o esterilidad espiritual. Prefiere revestirse de inteligencia superior, de mirada desencantada, de conocimiento profundo de las miserias humanas. Se expresa en fórmulas aparentemente razonables: que las instituciones ya no tienen remedio, que toda apelación al bien común es ingenua, que el adversario actúa siempre de mala fe, que la ciudadanía solo responde al miedo, que los acuerdos son claudicaciones y que toda esperanza pública es apenas una forma elegante de autoengaño.

Así, lentamente, se va instalando una cultura de la impotencia. Y una sociedad convencida de que nada puede cambiar termina entregándose, casi sin resistencia, a quienes le ofrecen rabia en lugar de proyecto, castigo en........

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