Lo que no se nombra no duele: políticas de silencio y estética de la desigualdad
Cuando el deterioro se vuelve “normal”, la indignación se apaga. Y donde se apaga la indignación, se instala la indolencia.
En la destartalada sala de espera del consultorio, doña Rosa aguarda con paciencia su turno, sentada en una silla que se tambalea. A su lado, un par de hombres intercambian datos sobre cómo saltarse la fila para ver al especialista, mientras una señora reclama en voz alta que lleva meses esperando los resultados de sus exámenes. El ventilador chirría como si estuviera en las últimas, mezclándose con el murmullo de las quejas y las historias de negligencia que todos parecen compartir. Nadie se sorprende; es como si esta precariedad fuera parte del paisaje cotidiano.
Esa escena –tan reconocible que casi no merece relato– no es solo una anécdota. Es una radiografía. El problema no es el ventilador, ni la silla, ni siquiera la fila. El problema es lo que esa escena revela: cuando el deterioro se vuelve “normal”, la indignación se apaga. Y donde se apaga la indignación, se instala la indolencia. Una indolencia que no siempre se expresa como crueldad explícita, sino como la suma de decisiones postergadas, presupuestos insuficientes, sistemas fragmentados y burocracias que operan como si el tiempo de la gente no tuviera ningún valor.
Chile parece haberse entrenado para eso: para adaptarse a lo inaceptable. Y esa adaptación tiene cifras. Según cifras del Ministerio de Salud, con corte al tercer trimestre de 2025, la mediana de espera para una consulta nueva de especialidad en el sistema público fue de 242 días: cerca de ocho meses esperando, antes siquiera de entrar a la puerta del especialista. Y cuando el país se acostumbra a esperar ocho meses por una primera consulta, ¿qué queda para lo que no se mide, lo que no se prioriza, lo que no tiene voz?
Aprendemos a “movernos”, a “buscar el dato”, a “ver a quién conoce a alguien”, a tener paciencia como si fuera un documento más. Y así, sin darnos cuenta, transformamos derechos en gimnasios de supervivencia.
Lo más desolador es que esta normalización no se queda en el servicio. Se derrama hacia lo fundamental: cómo protegemos –o dejamos de proteger– las trayectorias de vida desde la infancia en........
