Una estrategia para Gendarmería
Como un laboratorio. Eso parece Gendarmería. Pero, un laboratorio donde el narco probó cómo penetrar la institucionalidad, doblegarla y corromperla. Probó con ellos poco a poco cómo contaminar nuestro Estado. Que el ministro de Justicia esta semana se haya referido a un “sabotaje” habla un poco de eso.
Así, desde Gendarmería pasaron a probar con Aduana y los casos de funcionarios ligados a redes de contrabando encendieron las alertas; a los gobiernos locales y vimos a alcaldes caer por nexos con el narco comunal y así, avanzan de manera silenciosa para poder secuestrar nuestro Estado. Mientras, Chile se mantiene estancado en el Índice de Percepción de Corrupción con su peor desempeño en los últimos 30 años.
El panorama puede resultar desolador, pero al menos sigue estando dentro del ámbito de las banderas rojas. En Chile la institucionalidad funciona, puede tener déficits y brechas, pero no es la institucionalidad la que se ha perdido, sino que ciertas personas han cometido hechos de corrupción.
¡Ahí está la bandera roja! Aunque, en el caso de Gendarmería, a veces, pareciera que estamos lejos de esa realidad.
Cada caso tiene sus particularidades, pero, al final todo redunda en lo mismo: se requiere de una respuesta integral. Algo que se escucha en cada conversación, pero que en la práctica no se ve.
Las soluciones siguen pasando por propuestas operativas y buscando ganancias rápidas que en el largo plazo no construyen un camino sólido para cerrar la puerta a todos estos grupos que se nutren de la corrupción.
Tenemos todo para evitar seguir el camino de muchos de los países latinoamericanos y que Gendarmería pueda ser ese laboratorio, pero esta vez, uno que se transforme en el ejemplo de cómo combatir la corrupción y el avance silencioso del crimen organizado.
Para eso, hay que olvidarse de los quick wins y centrarse en la estrategia, en lo que quiero construir. La respuesta debiese ser la mejor Gendarmería para Chile, que se transforme en un ejemplo para la región. Con eso en mente, revivir el propósito de un servicio que cumple una labor fundamental para la nación y que por estos días pareciera que desprestigiarlo es gratis.
Sabemos que las acciones de muchos de sus integrantes no ayudan a mejorar su reputación, pero, la verdad es que se ha llegado al punto en que es el Estado, representado por el gobierno quien deben hacerse cargo.
La política penitenciaria se ha centrado en qué hacer con las cárceles, cómo tratar a los presos -que si segregar, que si endurecer, que si aplicar el modelo italiano o el de El Salvador-, pero se ha olvidado que son los gendarmes quienes conviven todos los días con el crimen.
Hoy su trabajo se ha visibilizado por los niveles de corrupción. Ha llegado la hora de transformar eso en una oportunidad y trabajar en serio para diseñar el mejor programa anticorrupción, escalable a todo el Estado, al mismo tiempo que al servicio penitenciario se le instala en el nivel que le corresponde, con una carrera funcionario que lo proteja, entregue una formación continua y termine con los vicios que tanto le han costado su reputación.
¿Por dónde empezar? Por una planificación estratégica.
