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Optimismo y pesimismo del análisis político

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wednesday

Me excusarán los medios que generosamente publican mis reflexiones si digo que estas semanas de vacaciones casi he dejado de leer noticias locales para concentrarme en la prensa y TV internacional.  Fue como pasar de las que antes llamábamos“peleas de barrio”—hoy son guerras narco con muertosde verdad—a unos dramas que mis colegas de las ciencias sociales y humanidades designan con términos dramáticos como epocales, de alcance civilizatorio, mutantes del orden mundial, propios de crisis planetaria, verdaderos asaltos a la razón. Y así por delante.

¿Ocaso de una época?

En efecto, al sumergirse uno en la prensa foránea se tiene la impresión de que estamos “al final de algo” para usar otro de esos clichés que hacen moda en la academia y entre los talking heads (cabezas parlantes, locutores o locutoras de TV devenidos celebridades). ¿Al final de qué? (¿De todo, una época o una mala época, los tiempos, la democracia liberal, un orden internacional gobernado por reglas, los equilibrios de poder, la modernidad, el capitalismo, el neoliberalismo, la humanidad como hasta ahora ha existido, o una mezcla simultánea de todo eso?). 

Efectivamente, el cliché de que estamos al final de algo y que aún no amanece lo nuevo, nos persigue en todos los frentes: en las conversaciones cultas y en el medio ambiente mediático; en los discursos parlamentarios y en las conversaciones de café. Como dijo un famoso historiador británico ya muerto, pareciera que el piso bajo nuestros pies se estuviera moviendo y que ese movimiento telúrico nos deja con una terrible sensación de incertidumbre e inseguridad. 

En verdad, si parece cierto que los “grandes relatos” de la modernidad—o sea, de la razón y el progreso, del avance irresistible de las ciencias y la autonomía personal, del liberalismo y el socialismo, etcétera—han empezado a desaparecer con el confuso arribo de la posmodernidad, no es menos cierto que en reemplazo surge otra “gran narrativa” (occidental al menos); esta sobre el fin de la historia

Pero ahora con un sentido mucho más radical que el de Fukuyama quien—con su tesis sobre el triunfo rimbombante de la democracia y el capitalismo tras la disolución del imperio soviético, hace algo más de tres décadas—en cualquier caso, no pudo equivocarse más certeramente. Pues, en verdad, la historia siguió adelante al galope y hoy el siempre débil eslabón entre capitalismo y democracia liberal se ve más frágil que nunca antes en los últimos 80 años. Al contrario, están en ascenso los autoritarismos. Y la historia se repite con otros actores y aliados: Rusia y Putin, China y Xi, India y Modi, USA y Trump, Nethanyahu e Israel. Estos son los nuevos, dispares, imperios del imaginario autoritario, igual como ocurría hace un siglo en una atormentada Europa que, tampoco entonces imaginó lo que le esperaba.  Marchaba, otra vez, sonámbula hacia una segunda guerra mundial

¿Fascinados con el orden fuerte?

La escena mundial, mirada desde nuestro extremo austral es un cuadro trágico. Permite apreciar la velocidad con que el mundo se ha movido y sigue  moviéndose hacia esta verdadera exaltación del autoritarismo (ruidosa, ostentosa por un lado, o bien, por el otro, silenciosa, de cómplices pasivos donde nos inscribimos todos los demás). Un giro autoritario visible en diversos planos de la vida en sociedad: líderes, regímenes, uso del lenguaje, mantención del orden, frente a conductas desviadas, tratamiento de los disidentes, la relación entre Estados, las formas de hacer política, la resolución de conflictos, el tratamiento de las minorías. 

En estos días, lo que uno lee en la prensa o contempla en la TV es la fascinación por la fuerza, las personalidades napoleónicas, los titanes tecnológicos, las decisiones tajantes, el lenguaje brusco, la imposición del orden, aunque sea a patadas, los estados de excepción, el poder absoluto y el deseo de la pena de muerte.

Al contrario, se rechaza la ambigüedad, la debilidad, la ternura, la compasión (¿mero buenismo?, la fraternidad (¡ay, los pilares solidarios!), la búsqueda de acuerdos, la ponderación de razones, la negociación, el libre intercambio; se rechaza a los inmigrantes, los disidentes, los otros/as diferentes, las indefiniciones; en fin, malditos son los tibios. 

A nivel internacional los protagonistas de la escena, ya lo decíamos, son Trump en primer lugar, por la irradiación (todavía) del país que gobierna; luego Xi, secretamente admirado por quienes aman el orden a cualquier costo, la eficiencia y las jerarquías; y, en un tercer círculo, el de los glotones, todas esas figuras imperiales con un apetito desmedido de poder como Putin, Modi, Orban, Erdogan, Nethanyahu y su desorbitada guerra o, en nuestra región, Buquele cuyo símbolo apropiadamente es una cárcel panóptica. 

Según Freedom House, cada vez hay más países en que la democracia retrocede y un mayor número de personas que vive bajo condiciones autoritarias, de fuerza bruta, dislocación del orden político o en un medio ambiente de violencia. 

Una corriente de simpatía rodea en EEUU de América a un joven acusado de asesinar en la calle a un alto ejecutivo de una empresa de seguros, como protesta justiciera contra el lucrativo negocio de seguros de salud en dicho país. (¿Acaso no despierta un sentimiento similar en algunos círculos de pensamiento avanzado de nuestro propio medio? ¿Y no resuena aquel acto de castigo justiciero, de una extraña forma, con la violencia correctiva dirigida por nuestro octubre rojo (2019) contra los símbolos de poder del sistema, léase el Estado y las Fuerzas Armadas y policías, la clase política, la iglesia católica, los monumentos patrióticos, los bancos y el comercio? ¿Tan frágil es la memoria que no recordamos ya de qué lado estábamos en aquellos días cada cual?

En Washington, el presidente Milei entrega una motosierra a Elon Musk; sobre el proscenio ambos celebran su furia compartida contra el funcionariado del Estado (deep state) y reviven el viejo sueño de una sociedad sin Leviatán, solo con criptomonedas y........

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