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El derrumbe ideológico de las izquierdas: ¿qué sigue ahora?

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31.12.2025

Argumento que la derrota de las izquierdas chilenas el 14-D refleja un colapso ideológico duradero, no solo un hecho coyuntural. Este colapso se ha visto agravado por una fragmentación interna, la desconexión con el nuevo mundo popular y la falta de un proyecto democrático-reformista capaz de afrontar la complejidad y la velocidad del capitalismo, la crisis de la democracia liberal y la necesidad de un rol emprendedor del Estado a la altura del siglo XXI.

La noche del 14 de diciembre de 2025, ocurrió un silencioso terremoto político para la izquierda chilena, queramos o no aceptarlo. Personalmente, prefiero enfrentar directamente los escombros como primer paso hacia una reconstrucción futura.

En la segunda vuelta presidencial, el (ultra) conservador José Antonio Kast obtuvo el 59% de los votos frente al 41% de la candidata oficialista, Jeannette Jara. Este resultado, descrito por algunos como la peor derrota electoral de la izquierda desde el retorno a la democracia, desató un torrente de explicaciones y recriminaciones internas.

No obstante, esa debacle no fue la causa sino la consecuencia de un colapso ideológico, cultural y estratégico que se gestó durante años en las filas progresistas. Según el sociólogo Mauro Basaure, “la izquierda está entrando a pabellón. No por un accidente, ni por un error puntual, sino por una condición crónica”, evidencia de sus repetidas derrotas. Por lo tanto, el 14-D no fue un evento aislado, sino la culminación de un vaciamiento político e intelectual de las izquierdas chilenas e internacionales. Al menos, esa es la tesis que propongo en este ensayo de interpretación.

Tras el shock electoral, cada sector de la coalición izquierdista apuró su propio análisis, lo que reflejó la fragmentación interna del bloque. Por un lado, figuras del Socialismo Democrático señalaron al gobierno de Boric, alegando que la ciudadanía emitió un “voto castigo” por la falta de resultados concretos en su gestión, más que por la ideología de Jara. Paralelamente, desde el Frente Amplio surgió una autocrítica sobre una posible “elitización” del proyecto progresista: sus dirigentes reconocieron que se habían distanciado de las bases en los territorios y habían perdido la capacidad de inspirar a los sectores populares. 

El Partido Comunista, por su parte, inició un debate interno sobre si la candidatura de Jara -que ganó en las primarias de Unidad por Chile- podía convencer no solo a su base militante, sino también al electorado más moderado. Además, propuso una lectura (de fondo) para entender el resultado negativo, calificándolo de “dura derrota”; afirmaba que no podía entenderse únicamente desde la lógica tradicional izquierda–derecha. En la política chilena, se había consolidado un fuerte clivaje entre pueblo y élite, que actualmente dominaría el escenario político y el sentido común de amplios sectores populares. Paradójicamente, según esta visión, el pueblo eligió a una nueva élite; sin embargo, el PCCh no forma parte de esta élite ni recibió el reconocimiento de aquel sujeto popular. ¿Acaso esto confirma la idea de que también las élites de izquierda están siendo desplazadas, tanto las tradicionales como las emergentes?

A su turno, la presidenta del Partido Socialista, Paulina Vodanovic, señaló que culpar a un solo responsable de la derrota es simplista y calificó esa visión como“muy estrecha”. Atribuirla únicamente al gobierno de Boric o a la candidata sería reducir un fenómeno político y social más complejo que involucra a toda la izquierda, agregó. El PPD, a través de su think tank FPD, también ha destacado en un documento el fin de un ciclo de las izquierdas y la necesidad de afrontar “desafíos estratégicos”: “Democratizar la democracia; redefinir la relación entre Estado y mercado; abordar la seguridad como condición democrática; avanzar hacia un desarrollo sostenible; reconstruir la articulación política; recuperar el propósito de la política; y situar el cuidado como eje estructural de un proyecto democrático moderno”. Como se puede ver, es un discurso genérico sobre políticas públicas, muy similar al propuesto por las izquierdas socialdemócratas desde hace ya algún tiempo.

Cada una de estas lecturas parciales muestra, por tanto, izquierdas que buscan explicaciones en la superficie —como errores en la campaña, problemas en liderazgos o disputas tribales—, pero que tienen dificultades para mirar más allá. El bloque de las izquierdas aparece así dividido en facciones a la defensiva, más centradas en asignar “culpas” (al gobierno, a la “desconexión” cultural o a la candidatura) que en reconocer la raíz común de sus problemas. 

El cuadro no mejora si consideramos a la izquierda “ultra”, amante de las belles-lettres, cuyo objetivo es crear textos y distribuirlos en los cenáculos que la reúnen. Justamente, las (francesas) belles-lettres son —como indica la Enciclopedia Británica— “literatura que es un fin en sí misma y no tiene un carácter práctico o meramente informativo. El término suele aplicarse a la poesía, la ficción, el drama, etc., o, más específicamente, a la literatura ligera, entretenida y sofisticada. También se usa para estudios literarios, en especial para ensayos. La palabra es de origen francés y significa literalmente ‘letras hermosas’”.

Desde este ángulo, el 14-D solo vino a ratificar que en Chile no se había movido una hoja desde el 11-S de 1973. Como leemos en aquel famoso poema de T.S. Eliot: “Lo que llamamos el principio es a menudo el fin. /Y llegar al final es llegar al comienzo”. El golpe, se afirma, impuso un esquema de dominación cuya estructura capitalista-neoliberal se mantiene hasta hoy, a buen resguardo del simulacro de la transición, administrado y bendecido por la Concertación y vuelto a confirmar ahora, al llegar al final, “recurriendo al autoritarismo de Guzmán”. Un solo acontecimiento habría roto esta profunda continuidad: la revuelta del 18-O, percibida como un acto de imaginación política que, por un instante, recuperó la política para el pueblo.

En resumen, la respuesta dispersa ante la derrota revela, en esencia, la falta de una autocomprensión y visión compartidas. Sin una narrativa unificada y relatos coherentes, las izquierdas chilenas enfrentan la derrota de manera fragmentada y confusa, cada una aferrada a su interés inmediato. Esto allana el camino para nuestro análisis y para una tesis alternativa: la derrota (y su falta de explicación) resulta del colapso de las ideas clave que antes daban sentido y dirección a la izquierda.

Detrás de la crisis electoral hay un colapso ideológico a largo plazo. Las principales corrientes doctrinales que en el siglo XX sustentaron a la izquierda han quedado obsoletas o han perdido credibilidad, dejando un vacío en el pensamiento estratégico.

El primer colapso fue el del paradigma revolucionario comunista: la caída de la URSS y del Muro de Berlín sepultó el modelo bolchevique de 1917, junto con su utopía comunista, y los “socialismos reales” del Este. La promesa de una revolución proletaria mundial se volvió inviable; desde entonces, esta visión solo sobrevive en forma residual o anacrónica. En Chile, por ejemplo, el Partido Comunista aún reivindica simbólicamente ese legado, pero está claro que el “horizonte soviético” ya no proporciona una guía efectiva tras el fin del mundo soviético.

El segundo desmoronamiento ideológico se atribuye al fracaso de las experiencias de izquierda radical en América Latina durante el breve siglo XXI. Los intentos del llamado “socialismo del siglo XXI” -como el chavismo en Venezuela y el sandinismo alterado de Ortega en Nicaragua- resultaron en autoritarismos, estancamiento económico y crisis humanitarias. Otras variaciones nacional-populistas en la región, como el kirchnerismo en Argentina o incluso el MAS de Evo Morales en Bolivia, también demostraron sus propios límites y cambios de rumbo.

En cambio, las únicas izquierdas en Latinoamérica que han logrado implementar reformas y mantener gobernabilidad en las últimas décadas son las de orientación socialdemócrata y gradualista. Brasil, durante las administraciones de Cardoso y Lula, Uruguay con el Frente Amplio pluralista, y Chile, bajo la Concertación —que incluyó a socialistas y demócrata cristianos en un proyecto reformista-modernizador— demostraron que realizar cambios dentro del capitalismo podía dar resultados en democracia. Este contraste ofrece una lección importante: las estrategias revolucionarias o populistas quedaron desacreditadas, mientras que la Socialdemocracia, a pesar de sus dilemas, consiguió consolidar avances sociales duraderos. En menor medida, esto evidencia lo mismo que ya se había visto antes en la comparación entre los “socialismos reales” y la Socialdemocracia europea. 

El tercer aspecto de la crisis ideológica de las izquierdas está relacionado con la transformación de la principal potencia “comunista” del siglo XXI. La revolución comunista china del siglo XX, incluida la “Gran Revolución Cultural Proletaria” de Mao, finalmente dio lugar a un modelo híbrido que combina autoritarismo y capitalismo, desafiando los esquemas tradicionales de las izquierdas. La China de Xi Jinping, que se autodenomina «socialismo con características chinas”, en realidad fusiona un control estatal estricto, ejercido por un partido único, con un sector empresarial activo y orientado al mercado. Este capitalismo de Estado asiático -que crece con eficiencia, pero limita las libertades políticas- cuestiona la antigua creencia de la izquierda de que el desarrollo solo sería posible mediante el socialismo de control y comando, la planificación central y una cultura de apparatchiks

Hoy, varias corrientes de izquierda —y también de........

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