Los bizarros deseos de ejercer el cargo más difícil del mundo
El revuelo causado por la sucesión de António Guterres a la cabeza de la ONU es, hasta ahora, un episodio bastante bizarro. Pese a la unanimidad de opiniones respecto a la grave crisis por la que atraviesa el organismo, ninguno de los aspirantes -por alguna extraña razón- ha puesto énfasis en sus propuestas. Ni siquiera han entregado un diagnóstico acerca de la crisis, aunque, como se sabe, su quiebra es inminente. Todos, sin excepciones, se han refugiado en vaguedades, generalidades, teatralidades.
Las discusiones no sobrepasan, hasta ahora, tres puntos. La idoneidad que tiene, o no tiene, cada uno; en sus trayectorias personales y en su procedencia geográfica. Cuestiones nimias que evidencian que algo no calza.
La conjetura sobre lo irrelevante de los tópicos seleccionados adquiere más fuerza aún al constatar las complejidades del cargo que se pretende. Basta revisar aquello que exsecretarios generales, tanto Javier Pérez de Cuéllar como su predecesor, Kurt Waldheim, dijeron y escribieron. Ambos coincidían en los sinsabores y molestias excesivas que les tocó vivir en tal función. Lo del peruano ha sido relatado muy bien por uno de sus cercanos, José Rodríguez Elizondo. El austríaco incluso escribió un libro con un título más que sugerente, El cargo más difícil del mundo (Molden Verlag, 1979).
Nadie dudaría que los aspirantes tienen sus idoneidades personales, aunque muy distintas entre sí. Dentro del elenco latinoamericano, por ejemplo, hay una que conoce bien los laberintos administrativos de la ONU. Otra que, aparentemente, ha auscultado los latidos políticos del organismo y del multilateralismo en general. Y, finalmente, el único que exhibe un tipo de idoneidad, si bien acotada, fue labrada en terrenos más apegados a la sustancia de los desafíos que tiene hoy el organismo; es el argentino Rafael Grossi.
Cualquier aproximación objetiva a este tema debe asumir que la ecuanimidad y tacto han sido esenciales para ejercer la jefatura de la Agencia Internacional de Energía Atómica en estos últimos años. Su idoneidad y carácter le han valido reconocimiento. Ha debido lidiar con las implicaciones del programa nuclear de los ayatollas en Irán y con los bombardeos en zonas cercanas a las centrales nucleares en Ucrania. Es decir, se ha confrontado con problemas reales y actuales del sistema internacional.
Sin embargo, más allá de las habilidades y matrices discursivas de Grossi y demás aspirantes, es evidente que la vara que deja el portugués António Guterres no es especialmente alta.
No es casualidad que su período se haya denominado “diplomacia silenciosa”. La ineficacia del organismo durante sus casi diez años es patente. Él mismo ha admitido que el organismo se encuentra en “estado de coma”. Además, hay consenso en que ese estado de cosas no puede seguir, a menos que alguna fuerza subterránea esté empujando a la ONU a la irrelevancia total.
Tal circunstancia sugiere un problema adicional. En estados de gravedad extrema, la idoneidad y la trayectoria de cada uno de los aspirantes pasan a segundo plano. En tales casos, parece obvio que el cargo lo asumirá quien mejor responda a los juegos de poder en curso; especialmente entre las potencias con capacidad de veto, o bien por alguien neutro, si se da el caso que la disputa entre los cinco desemboque en un enfrascamiento generalizado y terminen anulándose entre sí.
Por lo demás, las dinámicas ásperas son consustanciales a estas disputas. Los reemplazos del secretario general de la ONU se han resuelto siempre por cauces distintos a la bella política.
El ejemplo más dramático fue el protagonizado por Kurt Waldheim, cuyo pasado nazi (fue miembro bastante activo de la Wehrmacht) no le impidió ser elegido a la cabeza de la ONU. Ni siquiera importó para cuestiones simbólicas del mundo. Waldheim fue quien grabó un mensaje a los alienígenas, a nombre de toda la humanidad; ese que portan hasta el día de hoy las naves Voyager que EUU envió fuera del sistema solar.
Por lo tanto, lo único que importa en esta particular disputa es si tal o cual persona interpreta o no la correlación de fuerzas del momento y el desenlace de su choque.
¿Es todo esto inmoral? Tal vez. Pero se corresponde con la realidad del mundo.
Por lo tanto, en una circunstancia tan especial como la actual, dominada por la fosilización del organismo, resultan bizarras las cartas de presentación mostradas por los aspirantes. Son candidatos limitados a lo performático.
A esta ecuación deben añadirse otras variables, enteramente nuevas. Lo más explosivo es la retirada del principal aportador de recursos al organismo. Washington siente que toda la arquitectura multilateral actual, y muy especialmente la ONU, no se corresponde con sus intereses. Eso -guste no no guste- es el dato más relevante del momento. En la lógica trumpiana de que “se debe drenar el pantano” (drain the swap), el organismo saldrá más que damnificado.
Ahí se encuentra la fundamentación de algunas líneas de acción -en curso y que han sido muy difíciles de digerir-, como el Consejo para la Paz, cuya función se asemeja bastante a la misión primigenia fijada para la ONU en 1945. Un dato no menor es la rauda aceptación de Rusia (junto a otros 19 países), los cuales coinciden en una apreciación general bastante negativa en el sentido que la ONU se ha convertido en un receptáculo de diversidades sin prioridades.
Más allá de los candidatos, todo esto representa para países intermedios, como Chile, un desafío interesante y complejo.
Por un lado, está el deseo de valorar positivamente el Consejo para la Paz, adjudicándole potenciales capacidades unificar posiciones y visiones en cuestiones de seguridad. Especialmente, atendiendo las emergencias de manera efectiva, des-burocratizada y -asunto no menor- con comportamiento neutral al interior de cada conflicto. Pero, por otro, es indudable que el país aún percibe a la ONU como parte de una tradición medianamente establecida. La fuerte reticencia con que la vio en sus comienzos ya quedó en el olvido.
Afortunadamente, la diplomacia local tiene experiencia en esto de distinguir las heterogeneidades y matices de cada escenario. En tal predicamento no suscribirá los calificativos promovidos por la Francia de Macron, que descarta el Consejo para la Paz por considerarla una propuesta del “imperio despótico”. Con el mismo espíritu sabrá sopesar el interesante acercamiento con países como la Italia de Georgia Meloni y sabrá actuar ante ese nuevo factor que ha aparecido en el horizonte por estos días; la instalación en Europa de la lógica de “dos velocidades”.
En síntesis, la ONU se ha vuelto inoperante. Ha dejado de ser la comunidad epidérmica de palabras y conceptos que fue desde el final de la post Guerra y hay nuevas realidades que atender.
El breve cuadro descrito invita a algo inevitable. Examinar la viabilidad de cada postulación al reemplazo de Guterres en marcos más amplios y asumiendo que en la elección nada tiene que ver el sexo ni la procedencia geográfica de cada aspirante.
Como hasta ahora no se divisa que alguna de las postulaciones sea protagonizada por héroes de alguna gran causa, surge una duda bastante pertinente. ¿Cuál será el trasfondo real de sus candidaturas? ¿Qué los motiva a presentarse?
