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La oposición al gobierno de José Antonio Kast

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26.02.2026

Restan menos de dos semanas para que asuma el gobierno de José Antonio Kast. Son apenas unos pocos días los que le quedan al gobierno saliente del Presidente Boric y pasarán volando. En menos de lo que canta un gallo el próximo miércoles 11 de marzo los partidos que lo han apoyado durante su mandato -y sus devotos seguidores- se encontrarán de pronto en la oposición. Será el inevitable paso desde el lugar adonde se dirigen los focos y se atisban en toda su magnitud los deslumbrantes destellos del poder, al mucho más modesto y austero territorio de la oposición política. Es la democracia que funciona, por lo menos en esto, con precisión de relojería, ni un día más, ni un día menos.

¿Es posible anticipar cómo se va a comportar la oposición y cuales los relatos que va a poner en escena para sacar el mejor partido posible a la minoría política en la que se ha puesto después de sendas derrotas en las trascendentales elecciones de 2022 y 2025?

La primera cuestión a dilucidar es si habrá una o más oposiciones. Por los menos se vislumbran dos: la de los jóvenes de la nueva izquierda que experimentaron tempranamente los rigores inescapables del gobierno nacional -¿vendrán de vuelta?-, y la de los que se reconocen en el socialismo democrático, paradójicamente el socio más damnificado del oficialismo.   

El problema del progresismo y de la izquierda fue la poca o nula validez de sus relatos, plasmados en la década pasada al calor de las marchas del movimiento estudiantil y extremados por el fuego refundacional del estallido social. Aunque fueron extraordinariamente útiles para llevar a la nueva izquierda ni más ni menos que a La Moneda, perdieron rápidamente el atractivo político del que gozaron por años. Después de gobernar al amparo de la de Carta Fundamental que nos rige desde 2005, sin ninguna razón constitucional que se haya invocado en este tiempo para explicar las deficiencias del gobierno, ya no podrá la izquierda proclamar a los cuatro vientos la cantinela de la “constitución tramposa”. Tampoco podrá repetirse hasta la saciedad que en Chile ha anidado “la desigualdad más alta del mundo”, después de la implementación de la gratuidad universitaria, la PGU y la reforma de pensiones, un enorme esfuerzo redistributivo que se hace sentir cada año en las deficitarias arcas fiscales, y que podría llevar más temprano que tarde a la desigualdad de ingreso en Chile a los rangos de los países de la OCDE. Y para qué decir del blanco favorito del progresismo, las AFP, a las que se acusó incansablemente de quedarse con buena parte de los ahorros depositados por los trabajadores en sus cuentas individuales, hasta que los retiros mostraron la falacia de semejante imputación.

Fueron los relatos fundantes de la aspiración refundacional que alcanzó su punto más alto con la elección de Gabriel Boric, quién los usó con habilidad y eficacia para llegar a La Moneda junto con sus compañeros de ruta. Se proponían, ni más ni menos, que refundar el país más exitoso de América Latina. Volver a enarbolarlos no tendría ahora el rendimiento político que produjeron a raudales en la década pasada. Sirvieron extraordinariamente bien a los objetivos para los cuales fueron concebidos en su tiempo, pero después de dos derrotas electorales contundentes, en las que mostraron su invalidez, ya han perdido casi toda su utilidad política.

No es fácil anticipar cuáles serán los nuevos relatos que utilizará la oposición al gobierno del Presidente electo, entre otras cosas porque las opciones en el Chile atemorizado por la delincuencia y el estancamiento económico se han reducido drásticamente. Pero no es que no haya nada para echar mano. La izquierda tiene un reconocido talento para concebir estrategias comunicacionalmente rendidoras. El gobierno entrante, que debuta en estas lides, deberá cuidarse de proporcionarle ingredientes para aliñar el relato de la oposición que aún no parece estar dotado de sus ideas centrales. Nadie debería confiarse en que no serán concebidas tan pronto como sean necesarias. El gobierno entrante tendrá la ventaja inicial de una oposición dividida que todavía no acierta con el relato. ¿Por cuánto tiempo?


© El Líbero