Política fuera de lugar
El fanatismo se ha convertido en inspirador de figuras sociales, como el “hooliganismo”, con expresiones en distintos países, que ha producido tragedias dentro y fuera de los estadios. Inclusive el fanatismo ha llevado a guerras folclóricas entre países tercermundistas. Las “bolsas” de pases de deportistas mueven billones de dólares y se alejan de los ideales del olimpismo, pero resultan de una importancia arrolladora e inevitable: tienen el monopolio de negocios que la gente sigue con el mismo interés que los juegos. Y, en fin, en países polarizados internamente, que son muchos, resulta claro que la selección nacional del deporte predominante se convierte en el único factor identificable de unidad, así sea por el tiempo que dure un partido.
En estos mismos días India y Bangladesh protagonizaron tremendo espectáculo en desarrollo del Campeonato Mundial de Cricket, deporte de primer orden en esos dos países, al punto que el tratamiento dado por la India al tema la puede alejar de su aspiración de albergar próximamente unos Juegos Olímpicos. En la medida que se acerca el Campeonato Mundial de Fútbol, aparecen conjeturas sobre las vicisitudes que puedan pasar visitantes extranjeros en las ciudades estadounidenses donde se desarrollará parte de la competencia.
Para cerrar este relato de infortunios en contra del espíritu que debería poner fuera de juego a la política en materia deportiva, al presidente de la FIFA se le ocurrió inventarse un premio de la paz, representado en una figura extravagante, dorada y ostentosa, que entregó al presidente de los Estados Unidos, para compensar su decepción por no haber recibido el Nobel de Paz. Acto que de pronto le permitió congraciarse una vez más con el destinatario de su premio inventado de manera personal, pero deplorable desde el punto de vista de la neutralidad política del deporte.
Por supuesto, hay quienes claman por la preservación absoluta del espíritu olímpico en todas las actividades deportivas, y es bueno que haya quien mantenga en alto esa bandera. También hay quienes abogan por terminar la trashumancia de los juegos olímpicos, para que se lleven a cabo siempre en el mismo lugar, al que peregrinarían todos los países del mundo, sin que exista esa competencia de prestigio, gasto público y negocio rentable por el que compiten ahora los candidatos. Existen discusiones sobre el género en los juegos olímpicos y deporte en general. Lo mismo que en torno del concepto de actividad deportiva olímpica, que rechaza el patinaje sobre ruedas, pero acepta malabares de andén.
Tal vez los Juegos Olímpicos de Invierno, que se realizan por estos días, sirvan para retratar el estado de cosas de un movimiento que sin duda sirve inmensamente a la humanidad y cuya continuidad debe ser propósito universal. Un atleta ucraniano fue excluido de los juegos por llevar en su casco, imágenes de atletas de su patria muertos en la guerra con Rusia; país que no pudo participar. Cinco atletas rusos fueron admitidos de manera individual y “neutral”, y la admisión, aún en esas condiciones, motivó la protesta de Ucrania.
El espectáculo denota la presencia insistente de consideraciones políticas en el seno del olimpismo, sin que exclusiones y castigos contribuyan a arreglar ningún problema, y no sirvan para algo más que profundizar animadversiones que van en contra de ese espíritu que debe prevalecer. Con ese propósito, ninguna autoridad deportiva se debería tomar la atribución de calificar políticamente a los eventuales participantes en un campeonato, o mejor aún, a los gobiernos del país de donde provengan, para decidir si pueden competir o no; para no contradecir, con el lenguaje brutal de los hechos, ese espíritu olímpico que deseamos conservar. Los Estados, por supuesto, deben realizar el esfuerzo de respetar la independencia del deporte y no utilizarlo en favor de sus intereses desde fuera de lugar.
