¡Y la bola se va! ¡Se va! ¡Y se fue! ¡Jonrón!
Me parece oír a Alfonso Emilio Saer Bujana «El narrador»
—Y… se terminó el juego, ¡Venezuela Campeón!—
Bajo las luces vibrantes de un estadio que latía al ritmo de mil tambores, el aire de la noche se volvió espeso, cargado de una electricidad que solo el destino sabe tejer.
No era solo un juego; era una cita con la historia, un romance escrito con sudor y costuras de cuero sobre el diamante.
El ambiente expectante de aquel triunfo que detuvo el corazón de una nación.
Venezuela enamoró al Mundo.
En el centro del montículo, el tiempo pareció detenerse.
Frente a la imponente maquinaria de Estados Unidos, el gigante del norte, se alzaba con voluntad inquebrantable vestida de alegria y esperanza.
No importaban los rascacielos ni las nóminas millonarias; esa noche, el béisbol hablaba el idioma de Venezuela: del barrio, de las arepas, del suero con caraotas, del café por la mañana y de la esperanza que se niega a morir.
La Melodía........
