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¡Y la bola se va! ¡Se va! ¡Y se fue! ¡Jonrón!

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26.03.2026

Me parece oír a Alfonso Emilio Saer Bujana «El narrador»

—Y… se terminó el juego, ¡Venezuela Campeón!—

Bajo las luces vibrantes de un estadio que latía al ritmo de mil tambores, el aire de la noche se volvió espeso, cargado de una electricidad que solo el destino sabe tejer.

No era solo un juego; era una cita con la historia, un romance escrito con sudor y costuras de cuero sobre el diamante.

El ambiente expectante de aquel triunfo que detuvo el corazón de una nación.

Venezuela enamoró al Mundo.

En el centro del montículo, el tiempo pareció detenerse.

Frente a la imponente maquinaria de Estados Unidos, el gigante del norte, se alzaba con voluntad inquebrantable vestida de alegria y esperanza.

No importaban los rascacielos ni las nóminas millonarias; esa noche, el béisbol hablaba el idioma de Venezuela: del barrio, de las arepas, del suero con caraotas, del café por la mañana y de la esperanza que se niega a morir.

La Melodía de un Batazo

Cada vez que el madero chocaba con la bola, el sonido no era un golpe, sino un verso, una copla, un brindis para todos los inmigrantes del mundo.

Para cada uno de aquellos que fueron rechazados por la xenofobia, maltratados con viles ataques, humillados y hasta deportados; aquellos que llegaron a Colombia, Perú, Chile, Ecuador, Argentina, y tantos rincones del continente.

A los valientes que cruzaron la selva con pasos gigantes, buscando el futuro que veían por delante.

A los que llegaron con olor a barro del Darién, con el alma en pedazos, buscando el consuelo de nuevos abrazos…

Para todos ellos, Dios les había reservado una sorpresa: un premio a la resiliencia y, en especial, a su patria Venezuela, que ha sufrido tanto.

Venezuela no jugaba con las manos, jugaba con la memoria de sus antepasados.

Cada carrera anotada era un abrazo pendiente entre los que se fueron y los que se quedaron.

La pasión: Mientras en las gradas el «Sí se puede» se convertía en un himno sagrado.

Era contagiante esa entrega, cuando los jugadores se lanzaban al polvo como quien se lanza a los brazos de un primer amor.

Ese silencio, era el instante eterno en que la pelota vuela hacia las gradas y el mundo entero contiene el aliento.

Para Estados Unidos, la derrota tuvo un sabor a melancolía crepuscular. Sus estrellas, acostumbradas a la gloria, miraban ahora con respeto cómo un país entero se volcaba en un solo grito.

Fue una lección de humildad dictada por el caribe: el béisbol no siempre se gana con estadísticas, a veces se gana con oraciones, con el alma expuesta y el pecho henchido.

«No ganamos un trofeo, rescatamos un sentimiento. Esa noche, el mapa de Venezuela: se dibujó sobre el home, y cada base alcanzada fue un paso más cerca de la felicidad absoluta».

Y entonces, cuando cayó el último out, el cielo de Caracas, Maracaibo, Barquisimeto y de toda Venezuela, se iluminó sin necesidad de fuegos artificiales.

Fue la luz de millones de rostros: niños, jóvenes, adultos, abuelos y abuelas, sonriendo al mismo tiempo.

Venezuela le demostró al mundo que, aunque el rival sea un titán, el amor por los colores patrios es la fuerza más imparable del universo.

Fue, en esencia, el triunfo del sentimiento sobre la lógica.

Los jugadores oraban y pedían a Dios por su país.

—Señor ten piedad de nosotros, y de Venezuela que ha sufrido tanto—

—Somos David contra Goliat. Sin embargo, venimos aqui, con fe, con tu amor y tu abrazo padre bendito. Estamos seguros que nos darás la victoria—

¡Gloria al Bravo pueblo!

Natividad Castillo P. (Natty)[email protected]

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