Diarios Lácticos: Del Vocablo Amamantar y sus Quid
De Chachopo a Apartaderos
camina Luz Caraballo,
con violetitas de mayo
y un carnerito de lana.
Con su falda de siete colores
y sus alpargatas de hilo,
va diciendo sus dolores
a los pinos del camino.
Los cinco hijos que tuvo
se le fueron por el mundo:
dos se le murieron niños,
dos se le fueron al llano
y el otro, el más pequeño,
se le fue detrás de un hombre
Luz Caraballo se queda
contando sus luceritos;
uno, dos, tres, cuatro, cinco…
Y cuando llega a cinco,
se le olvida el número uno
uno, dos, tres, cuatro, cinco…
Por la cumbre del páramo,
donde el viento se hace nudo,
va Luz Caraballo sola,
sin hijos y sin futuro.
Y dice que el hombre a caballo
y que por eso ella busca
por la orilla del río.
Y cuando llega a la cumbre,
donde el sol se pone rojo,
se pone a contar estrellas
con las lágrimas en los ojos.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco…
Cinco luceros tenían,
cinco hijos que eran suyos,
cinco penas que son mías.
De Chachopo a Apartaderos
camina Luz Caraballo,
con violetitas de mayo
y un carnerito de lana.
El término amamantar es mucho más que una acción biológica; es el puente primero de nutrición y afecto que define el inicio de la existencia mamífera. Gramaticalmente, se muestra como verbo transitivo de la primera conjugación, cuya estructura revela su esencia: el prefijo a-(hacia/proximidad) se une al sustantivo mamma (teta o pecho) para describir el acto de dar de comer.
Desde una perspectiva etimológica, la palabra hunde sus raíces en el latín mamma, un vocablo que los lingüistas consideran una formación onomatopéyica universal, imitando el balbuceo primigenio de un lactante al buscar el alimento. Esta raíz no sólo dio nombre al órgano especialista, sino que bautizó a nuestra clasificación zoológica, mamífera, marcando que nuestra identidad como especie está ligada irremediablemente a ese gesto de entrega.
Sin embargo, en la colorida geografía del habla hispana, y muy especialmente en el laboratorio lingüístico que es Venezuela, (y su versión actual Vene-zoo-landria), la raíz de este verbo ha mutado de lo sublime a lo cotidiano, despojándose de su ternura original para evolucionar en el verbo mamar, motor de una originalidad semántica inacabable.
En el tejido criollo, mamar y sus derivados han fundado un inventario de expresiones que guían entre la picardía, la resignación y el humor negro. Para el oriundo, mamar no es solo alimentarse; es, paradójicamente, carecer de todo, como ocurre en la expresión estar mamando, que indica la insolvencia económica más absoluta, indicando que quien no tiene ni para comer queda reducido alegóricamente a la busca iracunda de sustento básico.
De allí se desprende el adjetivo mamarracho, usado para señalar algo mal hecho o a alguno de físico risible, y la común mamadera de gallo, esa institución del humor nacional que consiste en burlarse de alguien de forma insistente pero generalmente afectuosa, como si se estuviera engañando al otro con una falsa promesa.
Los cuentos en torno al uso del vocablo son infinitos, especialmente cuando chocan con otras culturas. Un venezolano puede decir con total naturalidad que está mamado para indicar que está exhausto, o calificar a alguien de mamita no sólo como un piropo, sino para señalar su excesiva delicadeza o cobardía.
Entre las expresiones más graciosas y gráficas destaca el mamar gallo, cuyo origen se asocia a las riñas de gallos donde se les succionaba la cabeza a las aves para despejar las vías respiratorias, imagen gráfica que hoy sobrevive en cada broma pesada de oficina o reunión familiar.
En este introito, como voz de este temperamento criollo, único y creativo entiendo que mientras amamantar enlaza con vida y madre, mamar, liga con calle, y carencia, y esa chispa de ingenio que permite reírse, hasta de nuestra propia levedad.
Primera Cuestión: !¡Ah, Mamar! Como Corolario de Creatividad
Doña Luz María, la delirante de barrio a la que gritan La loca Luz Caraballo, por esa historia de uno de los parajes más simbólicos del estado Mérida: el Monumento a la Loca Luz Caraballo, asociada a los andes, entre Mérida, Trujillo y Táchira, ubicado en el pueblo de Apartaderos, a una altitud extravagante de 3,473 metros sobre el nivel del mar, a orillas de la CarreteraTrasandina, punto de confluencia histórico y geográfico donde el viento del páramo parece murmurar los versos que el poeta Andrés Eloy Blanco glorificó en su obra.
El origen de este personaje cabalga entre la realidad histórica de María Blasa Rivas, a la que se otorgó el nombre de Luz Caraballo. Se cuenta, de una mujer, esposa de Lesmes. que perdió la razón tras la partida de sus cinco hijos, quienes, según el poema, se fueron uno tras otro se fueron muriendo, sugiriendo las angustias de la Guerra de Independencia.
La leyenda añade un matiz heroico al relato, sugiriendo que Luz Caraballo engañó a los realistas, señalandoles una ruta falsa para cuidar el paso de los patriotas. Hoy, la estatua de bronce realizada por Manuel de la Fuente en 1967, permanece como un vigía eterno en la plaza de Apartaderos, donde el visitante no solo contempla el paisaje, sino que escucha de boca de niños locales la elegía que narra su eterno caminar de Chachopo a Apartaderos, convirtiendo su tragedia, en un símbolo imborrable de la identidad andina.
Doña Luz, solía en las tardes, caminar por las calles del cuartel, como le decía al barrio mirando como extraviada en sí misma, como autista de condición. Doña Luz no caminaba, ella desandaba el asfalto como quien busca una moneda perdida en las grietas del tiempo. Sus ojos, dos canicas de vidrio nublado por el frío de Apartaderos, ignoraban el tráfico loco de la ciudad para fijarse en lo invisible. Los vecinos la veían pasar, un duende de lana y trapo, y guardaban mudez, pues en su autismo sacro, Luz creía decodificar el ruido del mundo.
De pronto, se paraba frente a una vitrina de panadería o ante el rostro sudoroso de un buhonero que no había vendido ni un alma al mediodía. Entonces, como si una corriente eléctrica le recorriera la columna, Luz alzaba el mentón y lanzaba al aire su veredicto, una sentencia que oscilaba entre la iluminación mística y el abandono total:
—¡Ah, mamar! —exclamaba, y la frase quedaba flotando como un globo de helio pinchado.
En su boca, la expresión era una epifanía del vacío. No era el mamar del lactante protegido por el calor materno, sino el mamar del huérfano de sistema, el del ciudadano que, tras darlo todo, se encuentra con las manos llenas de viento. Era una desgracia cantada con la cadencia de un versículo.
Para Doña Luz, mamar era el estado natural del cuerpo en una tierra donde el raudal se había vuelto un mito arqueológico. Si el autobús no pasaba, si la luz se extinguía en un parpadeo de sombras, o si el vecino perdía su empleo, ella aparecía como un coro griego para recordarnos nuestra condición mamífera de carencia: la resignación de quien ya no tiene más remedio que nutrirse de su propia paciencia.
Segunda Cuestión: El Altar de la Escasez y Mamando en el Trópico.
Si Doña Luz encarnaba la metafísica del término, el Catire Guzmán era su ejecución pragmática. El Catire, mecánico de oficio y filósofo de acera, vivía bajo la dictadura de un capó abierto y un motor que se negaba a toser. Un jueves de quincena invisible, el Catire se sentó en su banco de madera, con las manos negras de grasa que ya parecía tatuaje, y soltó un suspiro que movió las hojas del almendrón cercano.
—Compadre —dijo a un transeúnte—, hoy no es que no tenga dinero. Es que estoy mamando y loco.
En la geografía del sentimiento venezolano, estar mamando es el grado cero de la existencia. Es una desnudez que no requiere despojo de ropa, sino de posibilidades. El Catire explicaba que estar mamando es una forma de resistencia biológica: cuando el estómago bosteza y la cartera es una necrópolis, el sujeto regresa simbólicamente al pecho de la nada.
Pero en ese mamar no había derrota absoluta, sino una chispa de ingenio oscuro. El Catire, en su mamazón soberana, capaz de inventar un repuesto con un trozo de alambre y una oración al Dr. José Gregorio Hernández, como cualquier paisano, cuando va mamando, agudiza el oído para escuchar dónde late la próxima oportunidad.
Lo poético de esta desgracia radica en su colectividad. Nadie mama solo. Se mama en comunidad, compartiendo el último puro o el chiste que disecciona al político de turno. El mamar del Catire fue el mismo que el de la Loca Luz: un hilo invisible que une la cumbre de los Andes con el calor pegajoso del taller mecánico. Es la certeza de que, aunque el puente de la nutrición se haya secado, nos queda la palabra para morder el aire y hacerlo de nosotros. Al final, entre el hambre y la risa, el verbo salva; porque decir que se está mamando es, en última instancia, reconocer que seguimos vivos, esperando que el destino, ese animal esquivo, decida darnos de beber algo más que promesas.
Marcantonio Faillace Carreño
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