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Diarios Aflictivos: El Depredador Intimo

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03.08.2026

«La felicidad en la gente inteligente

 es la cosa más rara que conozco.»

(Nobel de Literatura 1954)

«En mitad del invierno, aprendí por fin

que había en mí un verano invencible.»

(Nobel de Literatura 1957)

«Ninguna persona merece tus lágrimas, 

y quien las merezca no te hará llorar.» 

Gabriel García Márquez 

(Nobel de Literatura 1982)

«Puedo escribir los versos más tristes esta noche… 

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.» 

(Nobel de Literatura 1971)

​A veces, casi sin proponérselo, uno termina volviéndose repetitivo al señalar aquello que salta a la vista en el cotidiano transitar. No es un secreto para ninguno: la depresión y el estrés se han instaurado como una marea silenciosa que alcanza, tirios y troyanos. Afecta por igual a hombres y mujeres de cualquier edad pero más a las madres, que de forma regia, soportan el andamiaje que va permaneciendo de la familia en barrios, y sectores urbanos de la Isla de las Perlas, y en todo el estado neoespartano, Coche Cubagua y Margarita.

Según la IA, la relación entre el estrés y la depresión pueden entenderse a través de una analogía simple: si el estrés es conducir un carro con el acelerador a fondo, la depresión es el motor que termina por fundirse. El estrés no es en sí mismo una enfermedad, sino una respuesta biológica de alerta frente a requerimientos del entorno que descubrimos que nos superan; una tensión orientada a la acción inmediata. La depresión, en cambio, representa el colapso de esa máquina: un estado de agotamiento profundo donde la energía vital, la motivación y la capacidad de sentir placer se apagan, dando sensación de vacío y desaliento.

El brete surge cuando la tensión no da tregua. Ante el estrés crónico, el organismo inunda el sistema con hormonas como el cortisol, desgastando progresivamente la química cerebral hasta liquidar los niveles de serotonina y dopamina, ordenadores de nuestro bienestar. En ese punto, el cuerpo activa un apagado defensivo para protegerse del exceso, transformando la ansiedad firme en un cuadro depresivo. Así se forma un círculo vicioso: la exigencia sostenida conduce a la apatía de la depresión y, al mismo tiempo, la incapacidad de responder al entorno durante esta última, genera nuevos focos de estrés, alimentando un bucle de desgaste que rara vez se detiene sin una intervención consciente.

​Durante los últimos lustros, el venezolano se ha visto espoleado a una dinámica de estricta resistencia-supervivencia. Este desgaste prolongado lo ha conducido, de manera casi infalible, a un estado de zozobra emocional y alteración psíquica. No hace falta poseer una astucia extraordinaria para notar el peso que carga la gente sobre sus espaldas; basta con mirar el mohín desencajado del estudiante en el aula o el cansancio en el rostro de la madre al borde de la mesa de su cocina.

​Las razones de este fenómeno son colosales. El desafío real no radica únicamente en identificarlas, sino en catalogarlas y articularlas con sutileza para vislumbrar una salida. La problemática trasciende los límites insulares; si bien en Margarita se acentúa por el retiro geográfico y la parálisis económica que........

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