Crónicas de Facundo: La “constitución invisible” de los venezolanos
A raíz de la metáfora que de nuestra realidad se nos vuelve la muerte de doña Carmen Navas, octogenaria, madre de Víctor Quero, preso político que fallece en las mazmorras de una insensible dictadura que se lo ocultara, cabe nos preguntemos los venezolanos si hacen sentido nuestros debates constitucionales y políticos, atentos a nuestra transición hacia la democracia sin haber resuelto lo esencial.
Me refiero al valor que le otorgamos a lo radicalmente humano. Lo que no se ve en los textos legales, pero es real como las certidumbres que construyen la confianza y cuya pérdida mata la esperanza como el deseo de apostar a los riesgos. Es el tener al lado y no a la cabeza modeladores éticos, cuyos ejemplos valga la pena emular y seguir, en fin, aprendiendo a compartir – sin abandonar lo propio e insustituible – unos proyectos de vida que abonen en favor de todos y nuestra dignidad.
No se trata ya de responder aquello que tanto nos ha carcomido el alma durante las casi tres décadas que dura la satrapía que aún padece nuestra nación hecha hilachas, vuelta diáspora, es decir, ¿cómo fue posible que unas generaciones que nos modernizamos material e intelectualmente a partir de 1959 – miles de estas, casi 65.000, beneficiarias del Plan de Becas Mariscal de Ayacucho, formadas en los mejores centros académicos del mundo (1974-1999) – hicimos espacio en nuestro hogar común a la maldad, al mal absoluto?
Y sépase que este traspié, que es colectivo y sólo la irresponsabilidad o el escapismo de algunas élites los lleva a insistir sólo en la búsqueda de culpables y sus nombres para no mirarse en sus espejos, mal encuentra paralelo justo en las experiencias de nuestra república.
Esta, disuelta, vuelta girones, mediando traiciones y delirios de poder entre las huestes y cada uno de los caudillos que parían nuestras decenas de revoluciones, cuando menos la marcó el empeño de darnos estabilidad institucional. Privaba un genuino amor a lo venezolano, así fuese el que sólo se cocinaba o en las sociedades económicas de amigos del país o en los cenáculos de las espadas que sobrevivieron a las guerras por la independencia. Pienso en José Antonio Páez y Carlos Soublette como en el rector José María Vargas, tras el final de esa guerra fratricida por una emancipación de España que nos dejase sin libertad, que cesa en 1830. También reparo en los autores de los Estados Unidos de Venezuela, pasada la guerra federal, como Juan Crisóstomo Falcón y “los compadres”, Antonio Guzmán Blanco y Joaquín Crespo.
Si de darnos una nueva constitución es de lo que se trata y lo que preocupa a los oficiantes de la política y a sus tinterillos, está bien. Pero he decirles que cabrá dejen atrás el complejo que algún diletante político nos montó sobre las espaldas acaso a propósito o para denostarlos; como ese de que tras cada revuelta nos hemos dado durante 200 años – ausente la nación – más de 26 constituciones, si se incluye a la gran colombiana de 1821. Es una mentira monumental.
Si de modelos con identidad y especificidad se trata, sólo cabe contar a las constituciones de 1811, 1830, 1864,........
