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Al encuentro de las antorchas

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17.07.2026

Como es usual en mar de leva, los hombres de la isla se aferraron al cuerpo de sus mujeres y escucharon desde sus camastros el resuello de la ventisca y el estruendo lejano del oleaje en los arrecifes. Solo Enrique Vizcaíno, antes del alba, se despidió de su mujer con una caricia en el vientre y se adentró remando con su bote y sus aparejos en el mar enardecido. No era la primera vez que lo hacía y las hondonadas sabían recompensar su arrojo con sábalos abundantes. En esta ocasión, además de los arenques y las cojinúas, completó su faena con un colosal cangrejo violinista. A su regreso, todos en el atracadero coincidieron en que el aguerrido animal sería un manjar exquisito y algunos hasta ofrecieron los limones y el ají con tal de apuntársele al cebiche. «Que nadie se atreva a tocarlo», advirtió, sin embargo, un anciano de piel ulcerada por el sol, «¡no saben en la que se meten!». Enrique Vizcaíno no pudo evitar que la ocurrencia del viejo le arrancara una sonrisa. Aplastó el crustáceo de un solo golpe de canalete, desprendió su atemorizante tenaza y lo arrojó maltrecho a una cubeta de madera. Luego negoció la mitad de los peces y se encaminó a su cabaña con varias ristras a cuestas.

Su mujer Álix, en medio de la alharaca de las comadronas, dio a luz esa misma tarde al segundo hijo del pescador. Para un hombre de mar, curtido por el salitre, el nacimiento de un varón es siempre motivo de esperanza y regocijo. Cuando una de las mujeres le acercó al niño para que lo cargara, Enrique Vizcaíno se vio otra vez dando sus primeros pasos en la playa de la mano de su padre y experimentó de nuevo el cosquilleo del mar en los pies desnudos. «No habrá tiburón que pueda arrebatarle su pez vela», susurró.

Al día siguiente mejoró el tiempo y los pescadores madrugaron a su rutina de supervivencia. La pesca fue aceptable, y los pargos y las merluzas volvieron a humear sobre los manteles de bijao. Fue necesaria una semana para que los isleños notaran que el tamaño y la cantidad de los peces habían disminuido. Pero nadie en la isla se alarmó hasta cuando, dos semanas después, las reservas de pescado salado comenzaron a........

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