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La guerra que puede costarle la presidencia a Trump

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10.03.2026

Cuando los soldados empiezan a morir en una guerra no declarada -y además no deseada por su propio pueblo- los presidentes estadounidenses entran en terreno peligroso. La historia política de Estados Unidos lo demuestra: esas guerras suelen terminar costando popularidad, poder… y a veces la presidencia.

Hoy Donald Trump podría estar entrando en ese territorio.

Oficialmente van siete militares estadounidenses muertos en la “no guerra” contra Irán. El gobierno iraní se ufana de que la cifra real es mucho mayor.

Trump apostó a una operación rápida, algo parecido a lo ocurrido con la salida de Nicolás Maduro de Venezuela. Olvidó -o decidió ignorar- que el poder real en Irán no descansa únicamente en el presidente en turno, ya de por sí autoritario, sino en la poderosa Guardia Revolucionaria Islámica. Este cuerpo de élite, con más de 180 mil integrantes, es una rama militar que controla buena parte del país y convierte, en la práctica, a Irán en una dictadura militar con ropaje religioso. Y ese grupo no será fácil de derrotar. Sus propios mandos han advertido que el conflicto podría prolongarse al menos seis meses. Traducido al lenguaje político estadounidense: muchos más soldados muertos de los que Trump imaginó cuando decidió iniciar esta ofensiva.

Washington reconoce oficialmente siete bajas. Teherán sostiene que son cientos. La cifra exacta quizá se sabrá después. Pero en política interna estadounidense el número importa menos que la percepción. Y si hay algo que el electorado de ese país no tolera es ver morir a sus soldados en una guerra que no pidió, que no considera necesaria y que además golpea directamente su bolsillo.

Porque el conflicto ya impactó el precio del petróleo, que alcanzó su nivel más alto en cuatro años.

Las encuestas tampoco ayudan a la Casa Blanca. Un sondeo de CNN indica que 59% de los estadounidenses desaprueba las acciones militares contra Irán. Otra encuesta de Reuters-Ipsos es aún más dura: apenas 27% respalda la campaña militar. Mal augurio para Trump en un año de elecciones intermedias en el que los republicanos ya enfrentan dificultades para conservar la mayoría en el Congreso.

A ello se suman otros frentes abiertos. Su aprobación general va a la baja: la economía no ha mejorado para la mayoría de los estadounidenses, los documentos vinculados al caso Epstein vuelven a colocar a Trump bajo una sombra incómoda y cada día de guerra cuesta más de 800 millones de dólares al erario.

Si el conflicto escala, se prolonga o termina mal -o incluso si deriva en actos de terrorismo durante el Mundial- el impacto político podría ser devastador para los candidatos republicanos. Algunos intentarían tomar distancia del presidente. Pero hacerlo tampoco es sencillo cuando el liderazgo del partido sigue orbitando alrededor de Trump.

Y los costos políticos del ataque a Irán son evidentes: soldados muertos, petróleo más caro y una guerra cuyo final nadie puede garantizar.

Las hipérboles habituales del presidente -“todo va magnífico”, “es un éxito rotundo”- no borran las bajas estadounidenses ni el costo económico del conflicto. Ni siquiera la muerte del ayatolá Alí Jameneí resuelve el problema, y menos aún ahora que su hijo ocupa su lugar y promete prolongar la guerra.

Trump presume haber detenido siete guerras y al mismo tiempo haber autorizado acciones militares en siete países. Dice que el legado que más orgullo le dará será el de pacificador. Incluso sueña con el Premio Nobel de la Paz. Pero atacar a Irán lo aleja de ese relato.

La destrucción de objetivos militares y la promesa de impedir que Teherán desarrolle un arma nuclear no terminan de convencer ni siquiera a todos sus votantes. Mucho menos a varios legisladores republicanos, que observan con preocupación cómo esta guerra se complica cada día más.

Trump parece olvidar una lección básica de la política estadounidense: las aventuras militares en Medio Oriente suelen convertirse en dolores de cabeza para los presidentes. Jimmy Carter lo sufrió tras el fallido rescate de rehenes en Irán en 1980. George W. Bush lo pagó con el desgaste político de las guerras en Irak y Afganistán.

Y el conflicto todavía podría escalar más. Un ataque iraní contra plantas desalinizadoras en el Golfo afectaría directamente a Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Qatar, países que dependen entre 90 y 95% de ese sistema para su suministro de agua. Sin desalinizadoras, ciudades enteras quedarían sin agua potable, obligando a desplazamientos masivos de población. Eso convertiría la guerra en algo más que un problema petrolero: una crisis humanitaria y geopolítica de gran escala.

En ese escenario, Trump no solo enfrentaría el enojo de su electorado. También el de aliados estratégicos y socios económicos. Y eso podría costarle no únicamente la presidencia -o al menos la mayoría en el Congreso- sino algo que para él suele ser igual de importante: el dinero y las inversiones de muchos jeques del Golfo.

Porque si algo ha dejado claro Trump a lo largo de su carrera es que las pérdidas del país pueden pasar. Las propias, jamás.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM


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