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Un problema de peso en México

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17.02.2026

México registra una prevalencia de obesidad adulta de 37.1%, de acuerdo con la ENSANUT 2020–2023. En mujeres alcanza 41%; en hombres, 33%. No es una estadística periférica, sino parte de la composición sanitaria del país.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estima que el sobrepeso y la obesidad restan alrededor de 5.3% al PIB mexicano. El impacto no se limita al sistema de salud. Se refleja en menor productividad, mayor gasto público, incapacidades laborales y presión fiscal sostenida. La obesidad está incidiendo en la economía.

Hace unos días conversé con Patricia Field, directora general de Novo Nordisk en México —la firma detrás del fenómeno mundial Ozempic. Me decía que uno de los principales obstáculos sigue siendo conceptual. “Todavía tratamos la obesidad muy ligeramente. Se percibe como falta de disciplina, cuando es una enfermedad”, me comentó.

Un claro contraste se encuentra en que más de 70% de la población presenta exceso de peso y menos de 1% recibe tratamiento. A esta dificultad hay que añadir una más complicada de combatir, la desinformación.

“Se crean narrativas que asustan a quien debería tratarse o llevan a un mal uso de los medicamentos”, contaba hace unos días la ejecutiva. 

La conversación pública se ha polarizado entre entusiasmo acrítico y rechazo simplista, mientras la evidencia médica avanza y el problema crece.

Las terapias metabólicas forman parte de una respuesta estructural a una condición que ya tiene dimensión demográfica y macroeconómica. No sustituyen la prevención ni las políticas públicas, por supuesto, pero tampoco pueden quedar fuera del análisis serio.

Con estas cifras sobre la mesa, la pregunta no es si deben discutirse, sino por qué seguimos postergando la discusión. Si la obesidad ya es una variable demográfica y económica, es momento de voltear a ver estas terapias con seriedad técnica, no con prejuicio social.

SALA DE JUNTAS: Cuatro Ciénegas es un oasis en el desierto de Coahuila donde sobreviven organismos microscópicos que existen desde antes de los dinosaurios. Su equilibrio depende del agua subterránea que alimenta sus pozas. Esa misma agua hoy sostiene cultivos de alfalfa destinados a la industria lechera.

Lala es un actor central en esa cadena. Producir un kilogramo de alfalfa puede requerir hasta 10 mil litros de agua, y para mantener ese volumen se bombea en valles como El Hundido, reduciendo el nivel freático que nutre el humedal.

La empresa devolvió concesiones de agua el año pasado. Sin embargo, mientras continúe demandando grandes volúmenes de alfalfa para su operación, la extracción no desaparece, sólo se traslada a quienes producen ese forraje. La presión sobre los acuíferos persiste porque el incentivo económico sigue intacto.

Para Grupo Lala, bajo la conducción de Eduardo Tricio Haro, la pregunta no es administrativa. Es si el modelo puede sostenerse sin vaciar el oasis.

POR IVÁN RAMÍREZ VILLATORO


© El Heraldo de México